 |
El Malvinense Bienvenidos al foro del diario digital "El Malvinense", para expresar sus ideas sin censura. Activo desde mayo 2008
|
| Ver tema anterior :: Ver tema siguiente |
| Autor |
Mensaje |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Dom Jul 06, 2008 2:52 am Asunto: Caudillos Federales |
|
|
CAUDILLOS FEDERALES
(01) Los que hicieron la Patria
(02) Los falsificadores de la historia
(03) José G.de Artigas
(04) Francisco Ramirez
(05) Estanislao López
(06) Facundo Quiroga
(07) Manuel Oribe
(08) San MartÃn
(09) La verdad siempre triunfa
(10) Fuentes
(11) ArtÃculos realacionados
Los que hicieron la Patria
“La Federación ha salido del gaucho, del rancho, del aislamiento de la provincia, de la barbare; pero tenÃa una base poderosa y duradera: el pueblo...Cada provincia interior se reconcentró en si misma, y al fin se fueron creando relaciones por la guerra, por las alianzas de los caudillos, por los tratados, etc…por Rosas, en fin, que reincorporó a la Nación…†(Carta de Sarmiento a don Manuel GarcÃa. Nueva York, 16 de enero de 1866) (AGM. p.151.Proceso al liberalismo argentino.)
Nuestros caudillos pertenecen a esa estirpe de recios varones que tienen el mando de la historia, surgieron como un sÃmbolo de la voluntad indomable de una muchedumbre que sentÃa latir el sentimiento de la patria, pero carecÃa de mentores, de ejércitos y de disciplina.
...gentes rústicas de las campañas, que huelen a pastos frescos y en cuyas manos leñosas se grabaron las fatigas de las largas jornadas en que sirvieron a la patria con decisión ejemplar. Son estas las gentes que sostienen y siguen a los "bárbaros" caudillos, transformándolos en figuras poderosas, que polarizan e interpretan el destino colectivo. Los teóricos y doctrinarios urbanos, que quieren imponer su ley despótica a las masas rurales, no pueden ocultar el resentimiento que les suscita ver al caudillo instalado en el punto más alto de la espiritualidad popular y señalado como vocero legÃtimo de sus aspiraciones. ¡Ah!, no; de este crimen hay que purgar a la República y para ello lo primero que hay que hacer es enterrar históricamente a todos los que de alguna manera se hacen el centro de su pueblo y de su estirpe.
“Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñalosa, como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Sin más tÃtulo que ese, sin finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución: son sus primeros soldados†(Alberdi, Juan Bautista. Los Caudillos. Colección Grandes Escritores Argentinos, 3; W. Jackson, Inc. Buenos Aires) (AGM-PLA.p.165)
La falsificacion de la historia
Si a la polÃtica liberal y a los métodos aplicados por la oligarquÃa porteña los despojamos de los falsos emblemas con que trataron de cubrirse, todo el aparato de la historia "oficial" se desmorona porque su prosperidad se asienta en la proclamación de que tales sectores representan los elementos de la civilización y del progreso en lucha con las fuerzas retrógradas de la anarquÃa` y la barbarie. Exponentes, según dicen, del refinamiento v de las luces, tocóles desempeñarse en un medio inculto y rudimentario en el cual la sombra terrible de los caudillos se proyectaba sobre un fondo tenebroso de montoneras.
Ellos afrontaron con sin igual energÃa una contienda en la que llevaban siempre las de perder, pues al sistema de pulcra tolerancia que preconizaban, sus adversarios oponÃan los peores procedimientos de terror y de exterminio Fueron héroes en el sentido más impar de la palabra: por sus hazañas y sus virtudes, sobrellevadas ambas con la entereza de los más ilustres varones de la epopeya. El paÃs debe agradecerles el tesón con que arrostraron todos los peligros mantuvieron encendida la guerra civil, convocaron una otra vez en su auxilio a las potencias extranjeras, aniquilaron a miles y miles de paisanos "alzados" y por último cerraron a las masas rústicas el camino de la legalidad que les habrÃa permitido echar por tierra el edificio de los grandes principios liberales que tan dolorosamente construyeron. Si no fuera por la increÃble fortaleza con que una tan Ãnfima minorÃa se enfrentó con la con la corriente de los instintos populares, la República Argentina seguirÃa conmovida por ese "avispero" de hombres incultos que bullÃa en las soledades agrestes de Entre RÃos, Corrientes y la Banda Oriental'', según lo advirtió el fino y erudito historiador Vicente Fidel López (Hist. de la Rep. Argentina).
El esquema sarmientino de "civilización o barbarie" es una sÃntesis preciosa, que guarda todo el secreto de esta historia. Porque si se comprobara su falacia, si llegara a establecerse que los "bárbaros" no eran los bárbaros y que los "civilizadores" no tenÃan ni pizca de civilizados, la historia oficial se derrumbarÃa como una casa de papel y buena parte de los próceres quedarÃan a la intemperie. Este desbarajuste nos obligarÃa a repensar toda la historia argentina, y perecerÃa esta novela histórica, de ángeles y pistoleros, que sirvió para humillar a la Nación v descalificar al pueblo.
El general Mitre, pontÃfice máximo del fraude histórico que todavÃa tiene prosélitos, no ocultó la abominación que sentÃa por "los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente" (Carta de Mitre a V. F. López. - Cfr. V. F. López: Manual de Historia Argentina. Buenos Aires, 1920).
Es ésta la confesión de los desafectos y repulsiones que movieron a los entierros históricos practicados por los liberales. Pero su lógica tenÃan: Artigas y todos los caudillos populares surgieron como encarnación del sentimiento de libertad que insurreccionaba a los pueblos contra los planes absolutistas del "partido porteño", centralista y portuario. No podÃan encargarse de su vindicación quienes militaban en la opuesta trinchera. Mitre captó el fenómeno y trató de explicarlo a su modo: "El instinto popular escribió dirigÃa aquellas masas conmovidas por el soplo revolucionario, y de su seno surgÃan caudillos que se disputaban la supremacÃa sin tener ninguno de ellos la capacidad ni la energÃa suficientes para dominarlas. De esa revolución debÃa nacer el caudillaje y la anarquÃa" (B. Mitre: Hist. de Be1grano)
En este párrafo está toda la trampa de la historia falsificada; pues ni los caudillos disputaban entre sà ninguna supremacÃa, ni podÃa achacárseles, precisamente, falta de energÃa, ni era lÃcito atribuirles la inestabilidad y la anarquÃa que desencadenaron las facciones porteñas. Pero Mitre, Sarmiento y toda la escuela histórica liberal tenÃan que sustentar una tesis que aplacara sus remordimientos y les abriera una vÃa decorosa hacia la posteridad. Ellos necesitaban convencerse, antes que convencer, de que en verdad representaban un principio superior, una forma de excelencia a la que no estaban dispuestos a renunciar, aunque el pueblo bárbaro e indomeñable los repudiara.
No se renuncia decÃa - Sarmiento - porque los pueblos en masa nos den la espalda a cansa de que nuestras miserias y nuestras grandezas están demasiado lejos de su vista para que alcancen a conmoverlos" (D. F. Sarmiento: Civilización i Barbarie).
SÃ, demasiado lejos y demasiado elevadas para que los pueblos alcanzaran a comprenderlas; ¿es que podrÃa ensayarse una explicación más confortadora?
Pero la confortación de quienes perdieron el rumbo en los entre veros de una historia que no supieron descifrar, obliga a la condenación de los pueblos que en masa les volvieron la espalda. Esto no podemos admitirlo ni por conciliación ni por debilidad. En la formulación de este falso esquema, Sarmiento puso esa impetuosidad de que lo dotaba su soberbia intelectual. Se consideraba un predestinado para la grande obra de desmoronar la civilización auténtica de las campañas y reemplazarla por las formas importadas y postizas de una falsa civilización. Odiaba a la pampa sin haberla visto; se entretuvo en pintarla en su Facundo sin haber asomado las narices a sus praderas ubérrimas en un discurso que pronunció en Chivilcoy, en 1868, confesó: "Yo habÃa descripto la pampa sin haberla visto, en un libro que ha vivido por esa sola descripción geográfica†(La Nación Argentina, año VII n° 223. Buenos Aires, 4 de octubre de 1868).
No conocÃa ni entendÃa a lo que odiaba; tenÃa la vaga sensación de que en sus vastas extensiones se generaban eso, hombres de brava estampa –los caudillos- que amenazaban a la civilización. Pero ¿a cual civilización? A la que Sarmiento concebÃa como plasmación sobre el alma del terruño, de moldes foráneos que rendÃan frutos benéficos en otras latitudes, climas y sociedades de un grado de evolución muy diferente.
“Sin eso - exclamaba en 1884, en un discurso pronunciado en Chile - , puede hacerse de quichuas, rotos y de rotos, caudillos bárbaros, como hicimos de Quiroga, de López, de Ibarra, de Rosas, nosotros" (Sarmiento Discurso en Chile. 5 de abril de 1884. Obras Completas XXII. 7)
ArremetÃa Sarmiento contra los gauchos, que "viven en la civilización del cuero", y consideraba a los caudillos como "frutos naturales del desierto" (IbÃdem)
Nada más falso que esta versión de los caudillos que nos legó Sarmiento v que luego convirtió en dogma la escuela liberal. No fueron los caudillos rústicos ignorantes ni bárbaros.
Algunos como Quiroga, Bustos o Heredia, pertenecÃan a encumbradas familias de rancio abolengo. Casi todos fueron hacendados de muy holgada posición. Se contaban entre sus partidarios, no sólo las masas bravÃas, sino los elementos más cultos clérigos y juristas de sus respectivas provincias. Los escritos que llevan sus firmas especialmente los de Artigas López y Quiroga, constituyen piezas de sólida doctrina y de muy seria ilustración. Aldao, Güemes Bustos, Heredia fueron guerreros insignes en los ejércitos de la Independencia. Ibarra y Estanislao López fueron vanguardias de la civilidad en la lucha contra el indio. Quiroga fue soldado de San MartÃn y Bustos de Belgrano Heredia habÃa realizado estudios superiores en la Universidad de Córdoba, recibiendo las orlas de doctor en teologÃa y derecho. Don Juan Manuel de Rosas pertenecÃa a familia principal, era estanciero y hacendado, figuró como precursor de la industria saladeril y exhibÃa dotes de inteligencia que destacaban su poderosa personalidad.
Todo esto lo saben los que estudiaron con un poco de objetividad la vida de estos hombres. Alberdi, curado de sus errores y contemplando en perspectiva, desde ParÃs, las cosas de la tierra natal, pudo escribir: "ArtÃgas, López, Güemes, Quiroga, Rozas, Peñaloza como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Sin más tÃtulo que ese, sin finanzas, sin recursos, ellos flan arrastrado o guiado al pueblo con más poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución americana son sus primeros soldados" (J. B. Alberdi: Grandes y pequeños hombres)
Sarmiento tenÃa la obsesión de los caudillos v fraguó páginas desdorosas para pulverizarlos. Al fray Aldao y el Chacho (como les llamaba) les dedicó sendos trabajos, que integran su libro Los Caudillos (Sarmiento: Las caudillos. Colec. Grandes Escritores Argentinos, 3; W. Al. Jackson, Inc. Buenos Aires, s/f.) al general Quiroga lo aplastó con la imponente montaña de su Facundo (Sarmiento: Civilización i Barbarie)
Pero, según dice el proverbio español, no se puede tapar el cielo con un harnero, y a Sarmiento se le escaparon frases que son la justificación y apologÃa aquellos mismos a quienes quiso destruir. ¿Qué mayor alabanza puede hacerse, de un conductor que considerarle sÃmbolo y cifra de una época de la historia? Pues de tal debió reconocer a Facundo, "expresión fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos". Facundo, agregó “es el personaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los hombres" porque "un caudillo que encabeza un gran movimiento social no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia" (Ibidem) ¿No se ve claro que cuando se trata de deslucir a los caudillos, lo que en verdad se hace es agraviar a la patria que los generó como expresión fiel de su naturaleza y de su ser?
Jose Gervacio de Artigas.
Artigas fue el que primero concitó los odios de los civilizadores apoderados del puerto de Buenos Aires. Le persiguieron con saña le difamaron y no acallaron sus diatribas ni siquiera sobre su sepulcro abierto en el exilio.
Sarmiento, todavÃa en 1866, hablando del general Peñaloza, decÃa: "Era como las goteras del tejado, después que la lluvia cesa, la última manifestación del fermento que introdujeron, Artigas a la margen de los rÃos, Quiroga a la falda de los Andes el uno desmembró el Virreinato, el otro inutilizó el esfuerzo de Ituzaingó..." (Sarmiento: Los caudillos)
Era tanto como retomar los juicios emitidos en 1845, en que lo hacÃa aparecer como "instrumento ciego, pero lleno de vida, de instintos hostiles a la civilización europea y a toda organización regular", valiéndose para ello de la "ferocidad brutal y el espÃritu terrorista" (Sarmiento: Civilización i Barbarie)
Mitre no se manifestó menos agresivo, confundiendo en la injuria al caudillo y su pueblo: "Al frente de este elemento escribió en la Historia de Be1grano se pusieron caudillos obscuros, caracteres viriles fortalecidos en las fatigas campestres, acostumbrados al desorden y a la sangre, sin nociones morales, rebeldes a la disciplina de la vida civil, que acaudillaron aquellos instrumentos enérgicos y brutales que rayaban en el fanatismo. Artigas fue su encarnación: imagen y semejanza de la democracia bárbara, el pueblo adoró en él su propia hechura, y muchas inteligencias se prostituyeron a la barbarie ..."( Mitre: Hist. de Belgrano) ¡Linda manera de expedirse tenÃa el abanderado del partido liberal! Olvidaba que la Junta de Mayo, según el Plan secreto de Mariano Moreno, puso especial empeño en atraerse a Artigas junto con Rondeau, "por sus conocimientos que nos consta son muy extensos en la campaña como por sus talentos, opinión, concepto y respeto†(Plan de Mariano Moreno jurado por la junta de Mayo el 30 de agosto de 1810. Copia hallada en el Archivo de Indias de Sevilla por el doctor Norberto Piñero (Escritos de Mariano Moreno. Edic. del Ateneo. Bs. Aires, 1896)
Los forjadores del centralismo porteño y propugnadores del despotismo ilustrado, no le perdonaban a Artigas la reciedumbre con que empuñó la bandera del federalismo. Él interpretó el anhelo de los pueblos que se sentÃan despreciados y acosados por la oligarquÃa porteña; ésta procedÃa a someter las rebeldÃas autonómicas por medio de expediciones punitivas, que maltrataban y saqueaban a las poblaciones, o por mano de lugartenientes sumisos, que desconocÃan la voluntad de las masas y usurpaban su legÃtima representación. Artigas fue un precursor esclarecido de las ideas federales y elaboró magnÃficos conceptos sobre la libertad y dignidad indeclinables de los pueblos que integraban las Provincias Unidas del RÃo de la Plata.
El pacto que firmó con Rondeau, el 19 de abril de 18 13, constituye una pieza magistral, tanto por su elevado tono cuanto por la firme doctrina que sustenta. En este, como en todas las convenciones o acuerdos en que participó, siempre estuvo presente el supremo interés de los pueblos y una como profética visión de lo que serÃa la patria común si se la organizaba de acuerdo a las recónditas esperanzas de sus hijos. "Todo lo que en los pueblos americanos es embrión raÃz, palpitación anÃmica - escribió Zorrilla de San MartÃn - , todo está en Artigas armonizado, como en ninguno de los héroes de la gesta latina, con la ingenua profundidad de lo no aprendido" (Juan Zorrilla de San MartÃn: La epopeya de Artigas, 2 vols. 24 ed. Luis Gili Librero Editor. Barcelona, 1916.17.)
La primera falta que se le imputó, desde este lado del Plata, fue la de sus andanzas juveniles como contrabandista. La acusación prosperó y se la reproducÃa en cuanto periódico o panfleto se lanzaba contra el caudillo oriental. Mitre le dio alas a la noticia, con esa su sin par autoridad de historiador profesional: "A los 18 años de edad abandonó clandestinamente la casa paterna y se unió a una partida contrabandista" (Mariano de Vedia y Mitre: El manuscrito de Mitre sobre Artigas. Libr. y Edit, La Facultad. Buenos Aires, 1937.)
La verdad era justamente la contraria; refiriéndose a esta circunstancia, su sobrina doña Josefa RavÃa, le escribÃa a don Justo Maeso: "Es una calumnia el que tÃo Pepe haya hecho parte de una sola de tales cuadrillas de contrabandistas, siendo por el contrario uno de los primeros orientales que las combatieron". Recuérdese que Artigas pertenecÃa desde su creación, en 1796, al cuerpo de Blandengues; el virrey interino don Antonio Olaguer y Feliú, le comisionó, en 1797, "perseguir y aprehender a los ladrones y vagabundos o indios infieles que perturban la campaña".
En premio a la eficacia de la labor desplegada, se le acordaron los despachos de capitán de caballerÃa de Montevideo. Producida la revolución de Mayo, no tuvo otro pensamiento que incorporarse a las filas patriotas; se evadió con tal objeto de la Colonia del Sacramento, en la que prestaba servicios, el 15 de febrero de 1811. En el parte oficial que don Rafael Zufriategui remitió a las Cortes comunicando su deserción, se destacaba "su exactÃsimo desempeño en todas clases de servicios, pero muy particularmente...en la persecución de vagos, ladrones, contrabandistas e indios charrúas...minuanes que infestan y causan males irreparables" (Exposición del 4 de agosto de 1811. (Cfr. Hugo Barbagelata: Artigas y la rcvolución aincricana. Libr. Saul Ollendorf. ParÃs, 1914.)
Esta es la fidelidad con que escribieron la historia de los "bárbaros caudillos" los "ilustres civilizadores"!
El jefe oriental, que al decir de Mitre carecÃa de "nociones morales", tenÃa como asesores a notables figuras del clero, como Larraniaga, Monterroso y Barreyro que influyeron poderosamente en su formación espiritual, el cura vicario de Colonia, doctor Enrique Peña y el capellán de la división Florida, doctor Santiago Figueredo, que luego pasó a Buenos Aires y desempeñó altÃsimas funciones.
La cobardÃa y mala fe de las clases dirigentes de Buenos Aires no ahorró calumnia contra su persona, llegando a declararle criminal (Bando del Cabildo de Buenos Aires. 5 de abril de 1815). Ha de ser la voz imparcial de un extranjero ilustre, el mexicano don Carlos Pereyra, el que comente: "¿Quién impide que el RÃo de la Plata se pierda y quede señoreado por un enemigo? Artigas. Sin embargo, Artigas es un criminal. ¡Un criminal porque no trata con los portugueses! Un criminal porque el instinto y el sentimiento le indican el camino de la organización..." (Carlos Pereyra: El pensa7niento polÃtico de Alberdi. Edit. América; Bibl. Andrés Bello. Madrid, 1911.)
Los pueblos no compartÃan el juicio de los perturbadores porteños. Cuando en 1814, Córdoba expulsó al gobernador impuesto por la metrópoli, general Ortiz de Ocampo, haciéndose cargo del poder el, coronel José Javier DÃaz, la provincia se sumó al sistema federal y le envió una espada de honor con la inscripción: "Córdoba, en sus primeros ensayos, a su Protector inmortal general don José Artigas" (Antonio Zinny: Historia de los Gobernadores de las provincias argentinas; 5 vols, Ed. Casavalle. Buenos Aires, 1879 82.) Su denodada acción en favor de la autonomÃa de los Estados, generalizó el tÃtulo de "Protector y Patrono de la libertad de los pueblos"; el Cabildo de Montevideo le otorgó esta dignidad en 1815. Artigas respondió: "Los tÃtulos son los fantasmas de los Estados, y sobra a esa ilustre corporación tener la gloria de sostener su libertad. Enseñemos a los pueblos a ser virtuosos. Por lo mismo, he conservado hasta el presente el tÃtulo de un simple ciudadano, sin aceptar la honra con que me distinguió el Cabildo.†(Carta de Artigas, al Muy Ilustre Cabildo de Montevideo. Purificación, 24 de febrero de 1816.)
Los vástagos de la vid (o sarmientos, según reza el diccionario) seguirán acusándole, no obstante, de ambicioso, terrorista y feroz; dirán, inclusive, que utilizaba en su propio beneficio las rentas de la provincia Oriental. No empecerá a los calumniadores la pobreza franciscana en que se desenvolvÃa su vida; en 1815 su mujer y su hijo se hallaban en Canelones faltándoles hasta lo más indispensable. El Cabildo de Montevideo le ofreció entonces una casa en la ciudad, hacerse cargo de la educación del niño y destinarle la suma de cien pesos mensuales. Sabedor de ello, Artigas se apresuró a escribir a la muy ilustre corporación: "Doy a V.S. las gracias por tan grato recuerdo. Sin embargo, yo conozco mejor que nadie las urgencias de la Provincia, y sin hacerme traición a la nobleza de mi sentimiento, jamás podrÃa consentir esa exorbitancia. . . ". Aceptaba únicamente la educación del hijo y cincuenta pesos para la subsistencia de la familia", agregando "Aún esta erogación (créamelo V.S.) la hubiese ahorrado a nuestro Estado naciente, si mis facultades bastasen a sostener aquella obligación. Pero no ignora V.S. mi indigencia, y en obsequio de mi Patria, ella me empeña a no ser gravoso, y sà agradecido" (Carta de Artigas al Cabildo de Montevideo. Paysandú, 31 de julio de 1815.) AsÃ, con sobriedad republicana, se expedÃan y actuaban los "bárbaros caudillos"; ¿podrÃa decirse lo mismo de los "próceres" de la oligarquÃa?
Cuando Estanislao López, gobernador de Santa Fe, y RamÃrez, "representante de S.E. el jefe de los Orientales", suscribieron con Sarratea éste en nombre de Buenos Aires el Tratado del Pilar, en 1820, se lo dejó abierto a la adhesión de Artigas, para que, si fuera de su agrado, "entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los intereses de la provincia de su mando, cuya incorporación a las demás federadas se mirarÃa como un dichoso acontecimiento†(Tratado de Pilar: Art. 109. 23 de febrero de 1820.)
El tratado no satisfacÃa las miras de Artigas, que reclamaba el aplastamiento del partido porteño "para que no vuelva a dar trabajo".
RamÃrez tuvo inspiraciones diferentes y pensó que podÃa arribarse a una solución de concordia nacional fiándose en las promesas de los hombres de Buenos Aires. Sin desconocer las patrióticas intenciones del caudillo entrerrÃano, es evidente que los hechos le dieron la razón a Artigas, pues el partido porteño siguió maniobrando e intrigando, hasta sacar de su entraña, una vez más, al inefable señor Rivadavia, enterrador profesional de toda idea de federación.
Con toda justicia, antes de abrirse las hostilidades entre los dos recios caudillos del litoral, Artigas le decÃa a RamÃrez, refiriéndose a la convención firmada: "Si era tan ajustada a los principios del bien general no debÃan haberse presentado en Buenos Aires los desastres y convulsiones que ha sufrido; los resultados mismos han manifestado que no fue tan injusta mi repulsa contra la pretendida unión..."
En la dura polémica epistolar que ambos mantuvieron a continuación, Artigas expuso poderosas razones para oponerse a lo actuado: "No es menos crimen sostenÃa haber hecho ese vil tratado sin obligar a Buenos Aires a que declare la guerra a los portugueses y entregar al jefe Supremo y Protector de los Pueblos Libres fuerzas y recursos suficientes para que pudiese llevar esa guerra y arrojar del paÃs al enemigo". RamÃrez repuso que, "si en Buenos Aires han aparecido convulsiones después de celebrada, es porque la perfección de un cambio polÃtico no es cuestión del momento, sino obra del tiempo, de la fuerza y del convencimiento".
En cuanto a la guerra que la Banda Oriental sostenÃa contra los portugueses, sin la menor ayuda de Buenos Aires, preguntaba: "¿Cuál es la fuerza efectiva y los recursos de que dispone Buenos Aires y las demás provincias para hacer la guerra? ¿Cuál la reciprocidad de intereses para hacerla de inmediato, desviando la atención del objeto principal de asegurar el orden interno y consolidar la libertad? ¿Cree V.E. que por restÃtuirle una provincia que ha perdido han de exponerse inoportunamente todas las demás?" (Cfr. M. G. Calvento: Estudios de la historia de Entre RÃos).
Es innegable que la influencia nociva del partido porteño habÃa desviado el recto juicio del caudillo entrerriano, con lo que quedó labrada, al mismo tiempo, la desgracia de los dos recios combatientes del federalismo.
Las desinteligencias derivaron hacia las hostilidades abiertas; RamÃrez logró, en la batalla del arroyo Las Tunas, junto a Paraná, el 24 de junio, y de Abalos, en la provincia de Corrientes, el 24 de julio, destrozar a los efectivos de Artigas. Este debió refugiarse en el Paraguay, al que penetró el 23 de setiembre de 1820. Nunca más volverÃa al escenario de sus hazañas.
El dictador Francia le prestó la hospitalidad y amparo de que es capaz el Paraguay, dentro de cuyos lÃmites murió, el 23 de setiembre de 1850, a los treinta años justos de haber arribado a aquella Nación. TenÃa 85 años de edad. Sobre su vida en el destierro, el cura de San Borja, Juan Pedro Gay, dijo que "en la tranquilidad de su retiro, se mostró trabajador y humano; cultivó su chacra, fue el padre de los pobres de su distrito y sirvió de ejemplo a todos por su excelente conducta" (Joao Pedro Gay: Historia da República jesuÃtica do Paraguay. RÃo de Janeiro, 1863)
Mitre, sin embargo, repetirá sus tremendas acusaciones y la sombra de un caudillo feroz, "acostumbrado al desorden y a la sangre", se seguirá proyectando sobre el RÃo de la Plata ...
Caudillos como Artigas surgÃan de la entraña misma del pueblo: eran su encarnación, su mito y su vigÃa. Todo lo que tiene de grande nuestra historia fue amasado por esas imponentes concentraciones humanas a cuyo frente se ponÃa un verdadero conductor, uno de esos individuos de vocación histórica, que al decir de Spengler, son “el elemento actuante de una multitud y elevan la forma interna de la propia persona a forma de pueblos enteros y de épocas enteras†(Oswald Spengler: La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfologÃa de la historia universal. 4 vols. Trad. del alemán por Manuel G. Morente. Ed, Calpe; Bibl. de Ideas del Siglo XX. Madrid, 1923)
Nuestros caudillos pertenecen a esa estirpe de recios varones que tienen el mando de la historia, surgieron como un sÃmbolo de la voluntad indomable de una muchedumbre que sentÃa latir el sentimiento de la patria, pero carecÃa de mentores, de ejércitos y de disciplina.
De aquà la razón de la montonera; Alberdi lo comprendió y dijo palabras definitivas: "No teniendo militares en regla escribió, se daban jefes nuevos, sacados de su seno. Como todos los populares, eran simples paisanos las más veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocÃan ni podÃan practicar la disciplina militar. Al contrario, triunfar de la disciplina, que era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debÃa ser el fuerte de los caudillos de la independencia. De ahà la guerra de recursos, la montonera y sus jefes, los caudÃllos; elementos de la guerra del pueblo: guerra de democracia, de libertad, de independencia†(Alberdi: Grandes y pequeños hombres...)
¡Asà se hizo la patria!; los que repugnan de esta sustancia animadora de nuestras épicas hazañas, pareciera más bien que reniegan de esa democracia, libertad e independencia que nos deparó la guerra del pueblo. El nombrado Alberdi planteó la incongruencia que significaba el odio que nuestros "democráticos liberales" profesaban a esas formaciones del Pueblo y al caudillo que las conducÃa. "Es el jefe de las masas decÃa , elegido directamente por ellas, sin ingerencia del poder oficial, en virtud de la soberanÃa de que la revolución ha investido al pueblo todo, culto o inculto; es el órgano y brazo inmediato del pueblo, en una palabra, el favorito de la democracia. ¿Como, entonces, el que se dice demócrata por excelencia afea y presenta de malos colores al que es expresión y sÃmbolo de la democracia?" (IbÃdem). La explicación es muy sencilla: nuestros liberales defienden teóricamente todos los grandes principios de la "democracia" entre ellos como simple cobertura de maniobra para aplastarlos en la realidad.
Y no se piense que el juicio del sector habrá de modificarse por los servicios que en algún momento, por distracción o por engaño, pueda prestarle alguno de estos hombres forjados en el crisol de los movimientos populares. Ahà está el caso de don Francisco RamÃrez, varón de buena fe y honradamente interesado en promover la unidad de la República. Después del Tratado de Pilar creyó, según acabamos de ver, que el “partido porteño" estaba dispuesto a rectificar sus rumbos y a operar "un cambio polÃtico" saludable. Por ese camino se prestó a ser el destructor de Artigas, sirviendo en bandeja de plata a la oligarquÃa de Buenos Aires, la venganza contra el caudillo oriental que tanto ambicionaba. Pues bien, los beneficiarios no variaron su juicio sobre el héroe de aquellas jornadas y lo precipitaron en una nueva guerra civil, esta vez con Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba empeñadas en su anulación.
Francisco RamÃrez
RamÃrez habÃa nacido en la Villa del Arroyo de la China (hoy Concepción del Uruguay) como vástago de una familia de holgada posición (MartÃn Ruiz Moreno: Contribución a la historia de Entre RÃos, 2 vols. Buenos Aires, 1914) Esto lo negará la historia "oficial", llegando a hablar, con palabras del general Rondeau, de "un mozo del pueblo llamado RamÃrez, que en tiempos posteriores ha figurado como no era de esperar, pues llegó a ser general y a capitanear ejércitos respetables" (General José Rondeau: Memorias)
Fue muy joven el alcalde de un distrito de campaña y luego oficial de cÃvicos en las fuerzas creadas por el comandante don José de Urquiza a raÃz de la revolución de 1810. Fue de los que hizo la revolución; otros, como Rivadavia, fueron hechos por ella.
El caudillo entrerriano era enérgico y generoso a un tiempo; luego de haber derrotado a los ejércitos porteños comandados por el general Rondeau, en Cepeda, expresó en el parte de guerra: "El resto de enemigos se halla atrincherado en sus carretas, pero todos a pie; pienso no tienen otro remedio sino rendirse a discreción, de lo contrarÃo, voy a pasar a degüello a todos" (Francisco RamÃrez: Parte de guerra de Cepeda. Campo de batalla, 19 de febrero de 1820.)
¿Cómo no iba a utilizar este comunicado la historia oligárquica para certificar la "crueldad de los caudillos"? Pero ocultan que, al mismo tiempo, remitió un mensaje al comandante de las tropas porteñas en fuga, en el que le decÃa: "Al corazón sensible a la sangre americana que ha hecho derramar el criminal capricho de un gobierno ilegal y tirano, me estÃmula a decir a V.S. que si en el término de dos horas no se rinde a discreción, será pasado con ese pequeño resto de tropas, a cuchillo; de lo contrario protesto a V.S. bajo mi palabra de honor, que todos los jefes y oficiales que hayan quedado serán tratados con la mayor consideración y auxiliados del mejor modo posible para que se restituyan a sus paÃses o donde gusten, con sus equipajes".
Esta era la pasta de los caudillos: magnánimos en la medida en que lo permitÃan las circunstancias de la guerra, aun frente a la conocida perfidia de lo que RamÃrez llamaba "el Tirano Porteño".
Las intrigas de ese tirano lograron alejarlo de Artigas, entendiendo que en esta forma servÃa a los planes de la federación.
Persuadido de que el caudillo oriental era el que perturbaba la realización de ese ideal, al que una vez liquidado el foco de la perturbación servirÃa Buenos Aires, lanzó sus efectivos a la lucha y logró destrozar a las tropas de Artigas, según vimos. El pensamiento que lo inspiró quedó debidamente traducido en el parte que envió al coronel Romualdo GarcÃa, luego del triunfo de Las Tunas. "Gloria a la patria en Federación, le decÃa . En este dÃa acabo de escarmentar, con la intrepidez de los Dragones de la Provincia, al tirano Artigas, en este campo, a presencia de ese heroico pueblo que no admite el despotismo de ese monstruo... Artigas debe haber conocido que la ha favorecido nuestras armas. Los entrerrianos no toleran por más tiempo ser subyugados por tiranos. Aman en tanto su libertad que prefieren la muerte antes que perderla. Creo ya la provincia libre de opresores. Sin embargo, sigo mis marchas sobre ese enemigo de los pueblos federados. Este hombre se ha decidido por desolar y aniquilar las provincias. . . Parece que se ha propuesto eternizar la guerra civil, desentendiéndose de la paz y general armonÃa de las provincias en Federación ..."( Francisco RamÃrez: Parte de guerra de Las Tunas. Campo de batalla, 24 de junio de 1820. (Cfr. Calvento: obr. cit ). ¡Pobre e iluso RamÃrez!
A partir de ese momento se le consideró el "Supremo Entrerriano"; por bando del 29 de setiembre, expedido en la ciudad de Corrientes, proclamó la "República de Entre RÃos", que comprendÃa esta provincia, Corrientes y Misiones. Esta creación se debÃa, según López, a que RamÃrez "se habÃa concentrado todo entero en levantar un fuerte imperio guerrero y personal, con el poderoso contingente de las hordas incultas y expansivas del litoral puestas al servicio de su nombre y de su influjo†(V.F.López: Hist. de la Rep. Argentina)
El ambicioso plan del caudillo, siempre según el historiador nombrado, era el de "humillar de nuevo a Buenos Aires" y "organizar en el Arroyo de la China su imperial grandeza". Ya se ve cómo y cuánto le sirvió a RamÃrez el haber librado a la oligarquÃa porteña de su odiado enemigo Artigas. El juicio que antes merecÃa éste se le aplicaba ahora a aquél: las hordas incultas lo seguÃan para humillar a Buenos Aires, movido por la "imperial grandeza" de sus sueños bárbaros ...
El nuevo conflicto a que lo provocaron los intereses portuarios que veÃan un peligro en el crecimiento de su figura, terminó trágicamente en RÃo Seco, provincia de Córdoba, el 10 de julio de 1821, alcanzado por una bala que le disparó el capitán Maldonado. La versión propalada por Mitre y admitida por la escuela histórica liberal, es que el salvaje caudillo perdió la vida por rescatar a su mujer, a la que llamaban despectivamente "la china Delfina". Esto tiene poca importancia; lo que cuenta es que se le cortó la cabeza al cadáver y que don Francisco Bedoya remitió el fúnebre despojo al gobernador de Santa Fe "a instancias de los bravos santafecinos". En Santa Fe se la exhibió dentro de una jaula de hierro "para perpetua memoria y escarmiento de otros que en lo sucesivo, en transporte de sus aspiraciones, intenten oprimir a los heroicos y libres santafecinos" (Oficio de don Francisco Bedoya. Arch. de Gbno. de Santa Fe.)
Las sutiles maniobras porteñas, deslizándose entre las grietas que ofrecÃa la fluida polÃtica de aquellos tiempos, lograron servirse de RamÃrez contra Artigas y, un año después, de Bustos y López contra RamÃrez. El caudillo entrerriano, a quien López atribuye un poder discrecional y sueños de grandeza, "murió pobre, sin dejar más bienes que una casa y una pequeña estanzuela heredada de sus padres" (Ruiz Moreno: Obr. cit.)
No vamos a hacer aquà la historia de todos los "bárbaros" caudillos. Quienquiera registrar prolijamente sus nombres, recurra a la historia "oficial"; allà encontrará, aplastados por una montaña de improperios y difamaciones, a cada uno de los argentinos que trataron de servir, desde el ángulo popular, a los superiores intereses de la patria. La fórmula ya conocida ha sido aplicada invariablemente por Mitre y su escuela histórica, por Vicente Fidel López y por ese formidable constructor de leyendas que se llamó Domingo Faustino Sarmiento. Con lógica irreprochable decÃa Estanislao López, en una Proclama de 1831: "Los unitarios se han arrogado exclusivamente la calidad de hombres decentes e ilustrados y han proclamado en su rabioso despecho, que sus rivales, es decir la mayorÃa de los ciudadanos argentinos son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable que es preciso exterminar para construir la república" (Brigadier General don Estanislao López: Proclama. El Federal, febrero de 1831)
El pueblo y los caudillos representaban, según habrÃa de consignarlo años más tarde Sarmiento, "la civilización del cuero". Los caudillos, los gauchos, la plebe eran la encarnación de esta "civilización de atraso y de barbarie"; habÃa, pues, que suprimirlos para que pudieran resplandecer las luces de la civilización ilustrada. Los hombres de frac y de zapatos de raso no podÃan tolerar en el paÃs la existencia de gentes ordinarias que vestÃan bombachas y calzaban botas de cuero. "No son las leves las que necesitarnos cambiar" - pontificaba Alberdi - "son los hombres, las cosas" (Alberdi: Bases, xxx, 136) . La civilización del cuero y de los saladeros, como que surgida en los campos poblados de haciendas innumerables, tenÃa ese perfume agreste que hacÃa torcer las narices a los fabricantes de leyes intocables.
Al diablo, pues, con las gentes rústicas de las campañas, que huelen a pastos frescos y en cuyas manos leñosas se grabaron las fatigas de las largas jornadas en que sirvieron a la patria con decisión ejemplar. Son estas las gentes que sostienen y siguen a los "bárbaros" caudillos, transformándolos en figuras poderosas, que polarizan e interpretan el destino colectivo. Los teóricos y doctrinarios urbanos, que quieren imponer su ley despótica a las masas rurales, no pueden ocultar el resentimiento que les suscita ver al caudillo instalado en el punto más alto de la espiritualidad popular y señalado como vocero legÃtimo de sus aspiraciones. ¡Ah!, no; de este crimen hay que purgar a la República y para ello lo primero que hay que hacer es enterrar históricamente a todos los que de alguna manera se hacen el centro de su pueblo y de su estirpe.
Asà se fraguó esa historia de calumnias y dicterÃos en que todo el que se coloca en la lÃnea popular resulta ignorante, sanguinario y ladrón. Desde Dorrego hasta Peñaloza, asesinados por los gauchos de levita y, no obstante, acusados ellos de ser los que derramaron la sangre de sus hermanos. En el caso de Quiroga, también caÃdo bajo el puñal de los civilizados asesinos, ya se sabe que el Facundo de Sarmiento lo paseó por el mundo envuelto en un halo enrojecido y brutal. El cargo de ser "bárbaros ignorantes" no le fue ahorrado a uno solo de estos viriles conductores. El más vapuleado de todos, en este aspecto, fue don Felipe Ibarra, de Santiago del Estero; pero de él dijo Ferré, que no era pródigo en alabanzas: "Traté personalmente en Santa Fe a don Felipe Ibarra, y formé sobre su persona el mejor concepto por su educación y nobleza de sentimientos" (Pedro Ferré: Memoria del Brigadier General don... Octubre de 1821 a diciembre de 1842. Contribución a la historia de la Provincia de Corrientes en sus luchas por la libertad y contra la tiranÃa. Buenos Aires, 1921).
De Facundo dicen que solamente gustaba de burdeles y reñideros de gallos, pero es lo cierto que durante su permanencia en Buenos Aires, su casa que era la de su apoderado, don Braulio Costa- fue centro brillantÃsimo de reuniones polÃticas y sociales, a las que concurrÃan doña Angela Baudrix, viuda del coronel Dorrego, los generales Alvear, Guido, Pacheco e IrÃarte, el doctor Juan Bautista Alberdi, don Félix de Alzaga, don Juan Nepomuceno Terrero y lo más granado de la sociedad porteña.
Estanislao López
De don Estanislao López, apoyándose en que pertenecÃa a un hogar modesto y en que habÃa recibido rudimentaria instrucción en la escuela del convento de San Francisco, dicen atrocidades. No conciben que su inteligencia natural y la experiencia adquirida en el desempeño de sus funciones públicas y militares, hayan podido dotarle de esa mesura y fineza con que procedió en todos los actos de su vida. López tenÃa el instinto certero y la capacidad para las grandes sÃntesis; "no hay otra cosa en mà que la salud de la patria", decÃa (Carta al coronel don Pascual Echagüe, gobernador delegado en Santa Fe, 1828).
Esta definición es hermosa y vale como un sÃmbolo; pero la historia liberal no puede perdonarle su fidelidad a la causa que, conjuntamente con Rosas, habÃa abrazado. Luego de su victoria de Coronda sobre RamÃrez, el gobernador de Buenos Aires, MartÃn RodrÃguez, le regaló una espada de oro. La justicia histórica que le niegan los liberales, le fue tributada por Rosas, en ocasión de su muerte, acaecida el 15 de junio de 1838. Sobre su sepultura, en el convento de San Francisco, en Santa Fe, Rosas hizo grabar el siguiente epitafio que redactó de su mano:
Descansa del EmpÃreo en las mansiones en el seno de Dios ¡hombre querido! La libertad te debe sus blasones y los tiranos su postrer gemido. Rosas, el compañero de tu gloria, consagra esta inscripción a tu memoria.
No interesan a la historia dirigida los méritos de López; era un caudillo y habÃa que abominar de su figura. Lo mismo sea dicho de cuantos tuvieron el instinto y la vocación de las multitudes; las tintas más groseras se han utilizado para estos casos. Tanto han enfangado los caminos, que cuesta trabajo encontrar la recta vÃa de la verdad. Pero cada dÃa es mayor el número de los que saben orientarse como la paloma en el aire. He aquà una estampa de firmes lÃneas que puede servir para guiarnos; pertenece a don Pedro de Paoli: "Señor de sólida posición en la mayorÃa de los casos dice , el caudillo era un hombre bien nacido, hidalgo, generoso, justiciero, ecuánime, dispuesto siempre a ayudar al necesitado, recto en su proceder e inflexible en su severÃsima moral; hombre recio, altivo, arrogante, valiente hasta la heroicidad y fiel a su tierra y a su estirpe hispana, de la que era orgulloso representante, con todos los atributos de su hidalguÃa y su nobleza. Si en el campo era gaucho por su prestancia y su baquÃa, en el distinguido salón de la más encumbrada familia era distinguido y caballeresco, con todo el donaire y la fineza de la época" (Pedro de Paoli: Facundo, ya cit).
Pero, ¿de qué vale la acumulación de pruebas si los malhechores de la historia siguen emboscados y dispuestos a descargar su golpe de maza sobre las cabezas que dirigen el avance incontenible de las multitudes?
Facundo Quiroga.
Ninguna figura de caudillo ha sido más vilipendiada que la del general Juan Facundo Quiroga. La estampa de gaucho ignorante y feroz que se ha transmitido a las generaciones sucesivas, es una de las infamias más tremendas de la historia adulterada. Facundo fue caudillo auténtico: tenÃa la prestancia y la grandeza de un verdadero conductor de pueblos y en su limpia trayectoria pueden hallarse los rasgos más finos de patriotismo y desinterés. PertenecÃa Quiroga a familia muy principal y gozaba de holgada posición económica. Su padre, el capitán de las Milicias de Jachal y de los Llanos de La Rioja, don José Prudencio Quiroga, era descendiente de Recaredo, rey visigodo de España; su madre, doña Juana Rosa de Argañaraz, era también de noble linaje. Entre los antepasados por la lÃnea de los Quiroga habÃa militares, jueces, regidores y gentes muy señaladas. Su mujer, doña Dolores Fernández, pertenecÃa a la mejor sociedad de La Rioja.
Facundo tenia una formación cultural y moral muy apropiada a las necesidades de los tiempos. Se educó en la escuela de letras fundada por su padre y luego estudió religión, moral y sociologÃa con el canónigo doctor Pedro Ignacio de Castro Barros. Contra el espÃritu faccioso y la reforma eclesiástica sustentada por el grupo liberal, Quiroga se lanzó a combatirlos llevando la divisa “Religión o muerteâ€, Prueba más que suficiente de que distinguÃa los verdaderos valores que estaban en juego en la contienda desatada en la República.
QuerÃa el general Quiroga que el paÃs se mantuviera en la fe de sus mayores y no abdicara de los grandes principios tradicionales que habÃan forjado su alma. En la proclama dirigida a la División de los Andes, expresaba: "Ministros del Santuario: elevad al Ser Supremo fervorosos sacrificios, y pedidle con la efusión de vuestros piadosos corazones, que suspenda el azote de la guerra fratricida en que yace la República Argentina... Ciudadanos todos: respetad la Religión de vuestros padres y sus Ministros, las leyes que nos rigen y las autoridades constituidas†(Juan Facundo Quiroga: Proclama a la División de los Andes. San Juan, 7 de setiembre de 1831. (Cfr. Sarmiento: Civilización ¡Barbarie, 2 7 ed., apéndice. Impr. de julio BelÃn y CompañÃa. Santiago, 1851)
No sólo tenÃa Facundo muy acendrados sentimientos religiosos sino que se negaba a admitir que la Iglesia sirviera a una determinada banderÃa. En Mendoza, derrotó al personero de Paz, coronel Videla Castillo, en Rodeo de Chacón, el 28 de marzo de 1831; el nuevo gobernador de la provincia, don Manuel Lemos, resolvió oficiar una Misa de Gracias y Te Deum "por el feliz triunfo obtenido por las armas federales".
Invitado al acto, el salvaje Facundo dio esta lección de tolerancia y espÃritu cristiano: "El infrascripto - respondió -, contemplando el luto que eternamente debe grabar sobre los corazones argentinos por la cruel guerra que devora a sus hijos, no puede permitir se den gracias al Ser Supremo por la destrucción de nuestros hermanos..."
ProponÃa, por consiguiente, se reemplazara la proyectada función "con unas honras generales por todas las vÃctimas sacrificadas de una y otra parte" (Nota del general Quiroga al ministro general de Gobierno, don Pedro José Pelliza. 9 de abril de 1831. Original en el Arch. Admin. e Hist. de Mendoza, Doc. N 9 1.505 A; carpeta n 9 199/1831)
La vileza de sus adversarios y la fantasÃa de rueda libre del "mentiroso a designio", nos han ofrecido una imagen de Facundo muy distinta de la que surge de estos antecedentes. Puede afirmarse, a despecho de tales leyendas, que Quiroga fue, a la vez, recio y humanitario, valiente pero generoso. Los actos de crueldad que se le achacan, aparte de ser falsos en gran medida, no cabe referirlos sino a las reacciones pasionales que le provocaron, en los últimos años de lucha, los métodos de terrorismo implantados por los generales unitarios: Paz, Lavalle, La Madrid. . . Con honradez ejemplar, podÃa escribir en 1831: "En los lances más apurados, cuando la propia defensa llega a ser un derecho que acalla cualquier otro sentimiento, he respetado las leves de la humanidad y de la guerra; no he fusilado a mis prisioneros, ni he exterminado a lanzazos a familias enteras, sin ahorrar las mujeres y los niños; ni he mandado asesinar a los presos y hecho arrastrar sus cadáveres por las calles. Nadie puede echarme en cara estos crÃmenes, y desearÃa, por el honor y el bien de mi paÃs, que mis antagonistas pudieran decir otro tanto" (General Quiroga: Defensa de su conducta. Buenos Aires, 2 de febrero de 1831. Impr. Republicana)
Facundo puede resistir la comparación con cualquiera de sus alabados enemigos. Veamos, por ejemplo, el caso del general La Madrid. Este, durante su dominio de La Rioja, consumó los mayores atropellos. A la madre, mujer e hijos de Quiroga, luego de infligirles duro tratamiento, los desterró a Chile. Pues bien; el 14 de noviembre de 1831 el general Quiroga derrotó al general La Madrid en Ciudadela, provincia de Tucumán, obligándole a huir a Bolivia. Entonces el famoso Facundo, dando paso a "los más feroces instintos" que la literatura liberal le adjudica, auxilió a la mujer de La Madrid “con todo lo necesario para que se trasladase a Bolivia, al lado de su espOSO ... (A. Zinny: Hist. de los Gobernadores). No en vano, por consiguiente, pudo escribirle San MartÃn: "Sé que es Vd. un buen patriota, y un hombre de coraje ... No cometió Jamás acto ninguno de traición, ni de infidelidad o perfidia contra los intereses o contra los hombres con quienes se habÃa ligado†(Carta de San MartÃn a Quiroga. Mendoza, 3 de mayo de 1823)
Sobre el trato que el general La Madrid dio a la madre de Quiroga, es sabido que la hizo detener poniéndole cadenas al cuello. El propio Facundo recordó repetidas veces este episodio. El coronel Juan Pascual Pringles, héroe de las guerras de la Independencia, actuaba en los ejércitos unitarios de Paz; derrotado por Quiroga en la ciudad de RÃo Cuarto, fue alcanzado y muerto por una partida cuando huÃa hacia Mendoza, el 18 de marzo de 1831. El padre del nombrado, don Gabriel PrÃngles se entrevistó con Quiroga a objeto de solicitarle garantÃas para la familia; Facundo le respondió: "Señor don Gabriel, aunque los amigos de ustedes encadenaron a mi vieja madre en La Rioja, yo no haré eso con la familia de Pringles, al que respetaba y cuya muerte he sentido mucho, llevándose una reprensión el oficial que tuvo parte en ella. Tres dÃas he contemplado el cadáver del coronel Pringles envuelto en una manta de vicuña, y queda señalado por Huidobro el caldén a cuyo pie lo mandé sepultar..."( Cfr. Juan W. Gez: Apoteosis de Pringles. Impr. Europea, de M. A. de Rosas. Buenos Aires' 1896)
El propio La Madrid, huido a Bolivia, le escribió a Quiroga para que facilitara la salida de su Mujer, "persuadido - le decÃa - de que la generosidad de un guerrero valiente como es V. sabrá dispensar todas las consideraciones que se merece la familia de un soldado". El general Quiroga, según dijimos, le habÃa dado todas las facilidades a la mujer de La Madrid, y respondió la carta en estos términos: "Me viene Vd. ahora recomendando a su familia, como si yo necesitase de sus recomendaciones para haberla considerado como lo he hecho; agregando en dicha carta, las consideraciones que dice prestó a la mÃa en San Juan, asà como a mi señora madre en Los Llanos, pero sin acordarse de la pesada cadena que hizo arrastrar a dicha mi señora madre en La Rioja, ni de que mi familia fue desterrada a Coquimbo o Copiapó por sólo libertarla de los tormentos que Vd. le preparaba..."( Respuesta J Quiroga a La Madrid. Tucumán, 24 de noviembre de 1831. (Cfr. La MadrÃd: Memorias, va cit.)
En la huÃda de La Madrid hacia Bolivia lo acompañó, hasta dejarlo a salvo, el coronel José Ignacio Murga. Se presentó luego prisionero en el campamento de Quiroga; éste lo hizo llamar a su presencia y cuando aquél intentó entregarle su sable, Facundo le dijo: “CÃñase su sable que ahora es mi amigo. ¡Asà deben ser los hombres! Vaya Vd. y Póngase a la cabeza de su cuerpo" (General La Madrid. Memorias) . Al coronel Barcali, jefe de la artillerÃa enemiga, que también habÃa caÃdo prisionero, lo hizo poner en libertad.
No eran éstos gestos esporádicos de magnanimidad; ya en 1,923, en su lucha contra los Dávila, en La Rioja, cayó muerto uno de ellos (Miguel) y tomó 214 prisioneros. Libertó a los prisioneros, prohibiendo que se les recriminara por sus opiniones polÃticas, y cursó un sentido pésame a la viuda de Dávila. Cuando en 1830 marchó sobre Córdoba, en la que señoreaba el general Paz, la ciudad se le entregó sin lucha. El gobernador sustituto firmó un acuerdo con Facundo, en el que éste dejó la marca indeleble de su nobleza y espÃritu de conciliación: "A los señores oficiales que pertenecen a1 ejército del señor general Paz consignaba el art. 29 se les concede licencia para que regresen con sus armas y equipajes al ejército de su dependencia" (Juan Beverina: Anotaciones a las Memorias póstuntas del General José MarÃa Paz) . Ese ejército al que iban a reincorporarse los oficiales licenciados estaba acampado en las afueras de la ciudad y se disponÃa a batir a los efectivos del general Quiroga, autor de este gesto de verdadera generosidad. Es que un cálculo de conveniencia bélica no podÃa modificar los principios sobre disciplina militar que sustentaba el caudillo riojano.
También en orden a la disciplina y jerarquÃa de los actos civiles tenÃa Facundo conceptos muy arraigados. Cuando la Legislatura de Catamarca, por intermedio de su presidente, don PÃo José Acuña, le consultó sobre la Constitución de que convenÃa dotar a la provincia, Quiroga le respondió: "Estos Códigos deben ser exclusivamente obra de las legislaturas, sin la más pequeña ingerencia de los hombres de mi profesión. El militar debe obedecer y defender las Leyes, no dictarlas". ( Carta del general Quiroga al presidente de la Legislatura de Catamarca, don PÃo José Acuña. San Juan, 10 de noviembre de 1831)
Luego de la guerra de los años 1826/27 contra La Madrid, el general Quiroga se dispuso a reintegrarse a sus posesiones en los Llanos. Antes, publicó en impresos y en la prensa una proclama diciendo: "Espero que los que hubiesen sufrido quebrantos, erogaciones o perjuicios, que hayan sido motivados por la guerra que acaba de terminar, ocurran por la subsanación, a la que gustosa y religiosamente se promete verificarla a expensas propias, Juan Facundo Quiroga†(General Quiroga: Proclama. La Rioja, 16 de noviembre de 1827. ) . Guerra de la provincia en defensa de inalienables principios de autonomÃa y régimen federal, los sacrificios financieros no cayeron sobre el erario provincial, sino sobre el peculio privado del general Quiroga. ¡Este era el gaucho ladrón y codicioso!
La fabulosa historia de "las barbaridades" de Quiroga, extraÃda como artÃculo de fe del incoherente Facundo de Sarmiento, sigue prosperando merced a una posteridad interesada, cuyos crÃmenes quieren lavarse atribuyéndoles otros mayores a sus oponentes. El liberalismo terrorista de nuestra historia le da a esta novela el valor de prueba incontrovertible, haciendo de ella el azadón que sirve para arrojar paladas de tierra sobre las tumbas de los "bárbaros caudillos". El propio autor del infundio reconoció que estaba plagado de falsedades, pues se trataba de un libro polÃtico "escrito con el objeto de favorecer la revolución" (Carta de Sarmiento al general Paz. Montevideo, 22 de diciembre de 1845).
¿Por qué, entonces, sus apologistas se empeñan en elevarlo a la condición de documento histórico? ¿No han pensado, por ventura, que esas páginas cobardes fueron escritas para hundir en el ludibrio a quien, diez años atrás, habÃa sido hundido en la tierra regada por su sangre? Como dice con voz tremenda y acusadora Pedro de Paoli: "Sarmiento escribió su panfleto contra el general Quiroga el año 1845, cuando hacia diez años que el caudillo riojano habÃa sido asesinado. La impostura de Sarmiento agrega no fue lanzada contra un hombre, sino contra una tumba, lo que hace que su acción sea más despreciable... "(Pedro de Paoli: Facundo).
Una documentación irrefutable desmiente a Sarmiento y a todos los detractores de ese grande hombre que fue la personificación del genio defensivo de las provincias argentinas. Sobre su conducta en Tucumán (1827), por ejemplo, faltó tinta para extender el capÃtulo de cargos más espeluznante. Quienes estudiaron honrada mente esa época destruyen las falacias de los calumniadores. Don Ernilio H. Schleh escribe: "Según Sarmiento, Facundo echó sus caballadas en los cañaverales, y desmontó gran parte de los nacÃentes ingenios, aseveración esta que constituye un error indudable, pues en Tucumán es tradicional que Quiroga no sólo hizo respetar los trapiches o ingenios del doctor Colombres, sino que hizo resguardar con sus propias fuerzas los cañaverales existentes para evitar que fueren destruidos" (Emilio H.. Schlech: La industria azucarera en su primer centenario. Buenos Aires, 1921).
Ya hoy dÃa puede asegurarse que el orden, la honestidad y la mayor tolerancia reinaron en Tucumán durante la permanencia de Quiroga. Todas las informaciones en contrario que recoge Sarmiento son simples infundios de mal hablador. La única verdad, aunque de formada, es que Quiroga exigió de la provincia una indemnización de 24.000 pesos (Sarmiento dice 18.000), para compensar en mÃnima parte los gastos que le habÃa ocasionado levantar y sostener un ejército para defenderse de las correrÃas desatadas por el general La Madrid. La reclamación fue planteada a la Junta de Representantes, que aparentó aceptarla y aún considerarla muy moderada. Pero el general Quiroga se enteró que la propia Junta incitaba a que no se satisficiera el legÃtimo requerimiento. Es entonces cuando Facundo le remitió la famosa nota, que es una de las pruebas de cargo contra el recio caudillo: â€...de lo que resulta que V. E. dice en oficio a la junta con su genio activo ha podido, a poca costa, oponerse a que yo me reembolse de la pequeña parte que pido de los grandes gastos y perjuicios que he experimentado, pero ¡por Dios vivo!, si no se me satisface antes de las dos horas de este dÃa, me haré pagar, no la suma de 24.000 pesos, sino todos los gastos que he hecho y todas las pérdidas que he sufrido en mis negocios. Cuidado, pues, no haya equivocación, la generosidad tiene sus lÃmites y no me falta disposición para castigar del modo más ejemplar el orgullo y osadÃa de este paÃs rebelde que mira con desprecio la generosa tolerancia con que ha sido tratado, aunque sin merecer la más mÃnima consideración" (Oficio del general Quiroga a la 1 1. junta de Representantes, Tucumán, 24 de julio de 1827 ) . Es la nota de un jefe vencedor, que sabe compensar la tolerancia y la firmeza. Las agresiones del vencido le han acarreado perjuicios inmensos, en sus intereses particulares y en los de esos aguerridos mozos que tuvieron que dejarlo todo para batirse por bravos ideales. ¿Qué mucho que desee enjugar en parte los daños sufridos? Por lo demás, en el código de guerra de las naciones más civilizadas del globo, ¿no rige la norma de que el vencido abone las abultadas indemnizaciones que le impone el vencedor?
La unidad de pensamiento y conducta en la vida de Juan Facundo Quiroga es un hecho incontrovertible. Cuando se trataba de su propia provincia, según hemos visto, no omitirÃa sacrificios personales para servirla, cargando a su peculio particular los gastos de las guerras que estuvo forzada a sostener para librarse de la esclavitud civilizadora. Cuando fue necesario llevar la lucha más allá de sus propios territorios para salvaguardar la integridad y libertad de otros Estados provinciales, no era justo que gravitaras obre su fortuna personal el desembolso financiero acarreado. Los que ponen el grito en el cielo por estas situaciones, ocultan que el propio general La Madrid se benefició, durante la ocupación de La Rioja, con parte de los fondos privados que le fueron robados a Quiroga; y disimulan o suavizan los actos de depredación y de barbarie que consumaron los "ejércitos de la civilización" en todas las regiones a que llegaron. Los jefes de "la ilustración" llevaban la muerte y la desolación a las castigadas tierras provincianas; Quiroga los calificó magistralmente al decir de ellos que "profesan el oficio de la muerte" (Carta del general Quiroga al general Paz. Mendoza, 10 de enero de 1830)
No tuvo Quiroga instintos desordenados ni vocación por ejercer autoridad en medio de la anarquÃa. Puso, eso si, pasión fanática al servicio de sus convicciones; para imponerlas, su palabra alcanzaba tonos admonitorios. Recuérdese la carta que le envió a don Manuel LeÃva, diputado por Corrientes, a raÃz de las comunicaciones que éste cursara invitando a las provincias a constituirse en una unidad nacional con prescindencia de Rosas y de la provincia de Buenos Aires. La carta de Facundo decÃa: "He visto con sorpresa la comunicación que Vd. dirigió al Ministro de Gobierno de Catamarca, por cuanto ella es seductora y alarmante contra la benemérita provincia de Buenos Aires. Sr. mÃo, yo estoy seguro que cuando la provincia de Corrientes le ha nombrado diputado de la Comisión Representativa de los gobiernos aliados, no ha sido con el objeto de que trabaje en indisponer un pueblo contra otro, ni para dirigir la marcha de los gobiernos del interior. Con este convencimiento es que lo he delatado, haciendo que su comunicación y la de otro representante de igual naturaleza, el doctor don Juan B. Marin, de Córdoba, corran por todos los ángulos de la República, para que sirva de escarmiento a otros que, como Vd., sean malintencionados y tengan particular interés en hacer a los pueblos el juguete de sus ridÃculas maquinaciones. Quiera, pues, Vd. desistir de tan locas pretensiones y disponga como guste de su más obediente y atento servidor que le desea un caudal de felicidad, y más circunspección en el puesto que ocupa" (Carta de Quiroga al diputado don Manuel Leiva. La Rioja, 17 de abril de 1832. Original en el archivo particular del doctor Arturo E. Sampay. La Plata)
Esta lealtad de Quiroga, unida a la fortaleza de su carácter y a la firmeza de sus ideales, atrajo sobre su persona el odio de los facciosos unitarios y de los civilizados liberales. La determinación de su muerte fue larga y pacientemente elaborada. Ya durante los graves acontecimientos de 1833, en Buenos Aires, la logia unitaria (de los cismáticos o lomos negros) encabezados por Florencio Varela, tenÃa dictadas sentencias de muerte contra Rosas y Quiroga. El general Rosas, en campaña contra los indios, le escribÃa al general Pacheco denunciándole que se tramaban estos asesinatos; para ello según sus informes, se habÃa intentado sobornar e incitar a la traición a oficiales de los ejércitos expedicionarios contra el indio, que maniobraban en el centro y el oeste bajo el comando de Quiroga y de Aldao, y cubrÃan el ala izquierda bajo el mando de Rosas (Carta del general Rosas al general Pacheco. RÃo Colorado, 15 de diciembre de 1833. Arch. Gral. de la Nación, documentos del general Angel Pacheco)
Por esa misma época, en el mes de noviembre, don Manuel Moreno escribÃa a Ugarteche desde Londres, denunciando un plan audaz de los unitarios: "Es parte principal que el señor López rompa con el señor Rosas y con Quiroga, halagándolo con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlo luego a la vez. Este plan de sangre y de escándalo lo han ajustado don Julián Agüero, en Montevideo, con Rivera, Obes, y los españoles y unitarios de uno y otro lado. En la fe de sus afectos y seguridad ya Rivadavia a partir a fin de mes. Tengo los datos más seguros de esta horrible conspiración…( Moreno a Ugarteche. Londres, 6 de noviembre de 1833. Cfr. A. SaldÃas, Historia de la Confederación, 11, pág.374)(Ver: "complot unitario")
¡Cuánta razón tenÃa don Juan Manuel que por aquellos dÃas le prevenÃa a su amigo don Vicente González: "Ya sabe Vd. que no debe fiarse ni creer en ningún hombre de casaca y corbata almidonada"! (Carta del general Rosas al comandante Vicente González, 19 de enero de 1834. Cfr. Anjel J. Carranza: La revolución de 1839 en el Sud de Buenos Aires. Buenos Aires, 1880)
No pasó mucho tiempo sin que los graves anuncios se cumplieran. El general Quiroga salió de Buenos Aires hacia el norte del paÃs, en misión pacificadora. Era entonces gobernador de Buenos Aires el doctor Maza. El general Rosas se encontraba en San Antonio de Areco, en la hacienda de don Mauricio Figueroa; allà se detuvo Quiroga para celebrar conferencias sobre el objeto de su misión. El 20 de diciembre de 1834 se dispuso a seguir viaje y entonces, dice Rosas: "presenté al General Quiroga, cien hombres todos ellos capataces y peones de mis estancias, escogidos por honrados, |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Dom Jul 06, 2008 2:58 am Asunto: |
|
|
Cumplió Quiroga su misión y se dispuso al regreso en medio de nutridos avisos de que los hermanos Reynafé (uno de los cuales, el coronel José Vicente, era gobernador de Córdoba) planeaban su asesinato. Facundo desdeñó estas prevenciones y rechazó la escolta que le ofreció Ibarra, de Santiago del Estero. Penetró en Córdoba con su reducida comitiva e hizo alto en la posta de Sinsacate, a las once del 16 de febrero de 1835, tomando rnate a la sombra de un algarrobo. Siguió luego su marcha, y un poco más adelante, en la curva de Barranca Yaco, la banda del capitán Santos Pérez, de las Milicias de los Reynafé, cayó sobre ellos v asesinó a todos los integrantes del grupo, con excepción del correo MarÃn y de un asistente, que pudieron huir milagrosamente. Junto a la galera volcada quedaron los cadáveres del general Quiroga y de su secretario, el "general doctor" José Santos Ortiz, cuñado del doctor Vélez SársfÃeld.
La vida ilustre de uno de los más grandes caudillos argentinos fue inmolada en el altar del odio unitario. Sus "ilustrados" poetas se apresuraron a glorificar la hazaña, como en el romance anónimo, compuesto de 108 coplas, que canta con alborozo la muerte de
Don Juan Facundo Quiroga,
General de mucho bando,
Que tuvo tropas de lÃnea,
Muchos pueblos a su mando...
(Romance recogido por don Juan Alfonso Carrizo: Cancionero popular de Salta. Buenos Aires, 1933. )
En la ya mencionada carta de Rosas a Urquiza, recuerda el triste episodio: "cuando lo mandaron matar nuestros enemigos". La calumnia histórica pretendió inculpar al propio Rosas de este crimen horrendo. La viuda del general Quiroga escribió al gobernador de La Rioja: "¿Podrá La Rioja ser ingrata al general Rosas, al hombre a quien tanto debemos los argentinos, los americanos, con especialidad los riojanos, hijos del desgraciado general Quiroga, ¿Quién como el general Rosas ha acreditado con los hechos más valiosos y notorios ante el mundo ser el amigo firme, Ãntimo, de mi amante esposo†(Carta de doña Dolores Fernández de Quiroga al gobernador de La Rioja, general Tomás Brizuela. 11 de junio de 1839)
En las lecciones sobre el tenÃa que impartió el doctor David Peña, en la Facultad de FilosofÃa y Letras de Buenos Aires, en 1903, enjuició la personalidad del general Quiroga, finalizando con estas palabras: "Yo no te exalto: te defiendo de la pasión tormentosa que ha cubierto tu recuerdo con un tendal de crÃmenes, y te señalo a la luz de la verdad histórica como expresión de una edad que preparó el destino de esta Nación que aún tiene en su naturaleza agreste tu mismo sello personal y portentoso" (David Peña: Juan Facundo Quiroga. 5:1 ed. Edit. Americana; Colec. Historia y Tradición Argentinas. Buenos Aires, 1953)
¡Justas palabras!; ¿qué resta ahora del terrible Facundo? La respuesta puede estar en el clásico proverbio: De ruÃn cepa, nunca buen sarmiento. |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Dom Jul 06, 2008 2:59 am Asunto: |
|
|
Manuel Oribe
La terrible venganza de los representantes del "partido de la ilustración", dejó un vacÃo imponente en los cuadros de la Confederación Argentina. Cuando en 1839 las convulsiones y levantamientos provocados por estos facciosos incurables, obligaron a desplegar una energÃa militar sin precedentes, la ausencia de Facundo, soldado valiente y jefe respetado, se hizo sentir de manera harto visible. Sonó entonces la hora del brigadier general Manuel Oribe, a quien las circunstancias transformaron en el hombre del destino.
Es Oribe otro de los grandes calumniados de nuestra historia; los fabricantes de "payasos ilustres" no pueden perdonarle su grandeza. La maledicencia persigue a la sombra de mármol eterno que proyecta su figura. Nadie, sin embargo, más digno de perpetuarse en la mayorÃa de los argentinos; el caudillo orienta fue un extraordinario forjador de victorias al servicio de la noble cansa de emancipación (le nuestros pueblos. Su gloria es tanto más auténtica cuanto mayor es la diatriba que emplean sus perseguidores.
Cuando la felonÃa de Rivera, coaligado con los franceses y los emigrados argentinos, despojó a Oribe del gobierno que legalmente ejercÃa en el Estado Oriental (8 de noviembre de 1838), vino a nuestro paÃs acompañado de un séquito grandes de partidarios. El gobierno de Buenos Aires lo recibió con los honores que correspondÃan a su alta investidura, proclamando la necesidad "de robustecer, sin menoscabo de la personerÃa de aquella república, por todos los medios posibles, la recomendable y gloriosa disposición de sus fieles hijos para reivindicar el honor y dignidad de que alevosamente han sido despojados" (Oficio del general Rosas al presidente Oribe. Buenos Aires, 12 de noviembre de 1838)
El gobierno tÃtere de Fructuoso Rivera, impuesto y sostenido por las armas de la escuadra francesa bloqueadora del RÃo de la Plata, dictó el decreto infame del 13 de noviembre: "Don Manuel Oribe es declarado pérfido, rebelde y conspirador contra la patria; en consecuencia, ésta lo arroja de su serio y lo proscribe, despojándolo de los grados, honores y prerrogativas". ." ¡El diablo metido a redentor! Subleva tanta impudicia por parte de los que usurparon el poder en un acto de innoble traición a la patria, queriendo juzgar a los que se mantuvieron fieles y dignos de sus gloriosas tradiciones.
En las filas de Rivera formaron, con las armas al brazo, el general Lavalle y los unitarios argentinos. No se trataba, pues, de una contienda local, sino de una única guerra en la que participaban los traidores de ambas orillas, amunicionados y pagados por una potencia extranjera. Los hechos lo certificaron rápidamente; al invadir Lavalle el territorio de la Confederación Argentina, al frente de las huestes unitarias de una y otra orilla, lo hicieron transportados en los barcos de guerra de Francia. No era ésta, por consiguiente, una guerra de Rosas, o de los pueblos de la Confederación, sino una guerra a la que se veÃan empujados los defensores del ideal americano. Era guerra de todos: de Rosas y de Oribe...(Ver la Guerra Franco-argentina )
Para afirmar este perfil americanista de la contienda, el general Rosas, en su carácter de general en jefe de los Ejércitos de la Confederación, ofreció el comando en Jefe interino al general Oribe. Este, en acatamiento de su deber patriótico, lo aceptó y se dispuso a salir a campaña. Se inició en este momento la hora más gloriosa en la vida del benemérito soldado oriental, que tantos frescos laureles cosechó sobre sus sienes. El general Lavalle, con Paz y La Madrid, y con la Coalición del Norte, y con los auxilios solapados o desembozados del enemigo extranjero, convulsionaba el interior argentino. Oribe salió de Buenos Aires a reprimir a los sediciosos, el 30 de setiembre de 1839. La ceremonia de la despedida asumió tocantes proporciones. Asà la relata el periodismo de la época: "Partió el general Manuel Oribe de esta capital, habiéndosele tributado espléndidos honores. Todas las tropas de la guarnición con sus banderas a la cabeza, se hallaban formadas en la calle Federación (Rivadavia) y camino General Quiroga, al mando del general Rolón. Oribe salió de su casa en la calle de la Catedral (San MartÃn) como a las tres y cuarto de la tarde, en carruaje, acompañándole los ministros Arana e Insiarte y los hijos de Rosas, don Juan y doña Manuela. Este carruaje iba precedido de los generales y demás jefes del ejército de Buenos Aires, de todo uniforme, a caballo. SeguÃanle nueve más en que iban los ministros del presidente legal y otros orientales, y los jefes de todas las reparticiones de la administración de la provincia. Al salir Oribe de su casa, se hizo una salva del Fuerte de veintiún cañonazos, y al pasar por las calles se le manifestó el entusiasmo del pueblo por medio de vivas, flores, cohetes: las tropas presentándole armas y tocando las bandas de música. Al llegar a San José de Flores, Oribe se despidió de su acompañamiento, dando un fraternal abrazo a cada uno de los individuos de su séquito. De allà siguió, acompañado del edecán, general Corvalán, Garrigós y algunos otros señores, hasta Morón, donde fue recibido por las autoridades y vecinos del Partido, en medio de aclamaciones, repiques, bailes, etc…†(British Packet. Buenos Aires, 30 de setiembre de 1839)
En esta forma, austera y al mismo tiempo grandiosa, con una solemnidad que provenÃa de los corazones enardecidos por la emoción patriótica, salieron a cumplir su heroico deber los ejércitos federales, comandados por la figura ilustre del brigadier Oribe. Las fuerzas a su mando tomaron el nombre de "Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina". La táctica de Oribe consistió en no dar resuello, en no despegarse, de las tropas unitarias que marchaban hacia el interior. En persecución de Lavalle, que trataba de rehuir el contacto hasta tanto se reuniera con La Madrid, en la provincia de Córdoba, realizó marchas forzadas y prodigiosas, dándole alcance en Quebracho Herrado (provincia de Córdoba), donde lo destrozó, el 28 de noviembre de 1840.
De 4.200 hombres que componÃan el ejército de Lavalle, perdió, entre muertos y heridos, 1.300 soldados y 60 jefes y oficiales, además de su artillerÃa, parque, imprenta, carretas, bagajes y correspondencia.
Por la participación que le cupo en la victoria de Sauce Grande, en Entre RÃos, ganada por el general Pascual Echagüe, el 16 de julio de 1840) y, por esta de Quebracho Herrado, en la que le cupo el honro de la jefatura, el general Rosas le otorgó una espada de honor y una medalla, además de un premio en ganados. Oribe se apresuró a escribirle al Restaurador: "Penetrado del más profundo reconocimiento por la parte que me cabe en las honrosas distinciones que V. E. se ha dignado acordar a los que han tenido la fortuna de combatir por la Libertad e Independencia del Continente Americano contra el salvaje traidor bando unitario en los campos de Sauce Grande y Quebracho Herrado, grato a los premios que su elevada munificencia tuvo a bien decretar en favor de los soldados de la Libertad, y admirador constante de la grandeza que a todos sus pasos imprime el ilustre Campeón de la Independencia Americana, lleno una dulce obligación al dirigir a V. E. las más sinceras expresiones de mi agradecimiento". Aceptaba los honores que le habÃan sido discernidos, pero formulaba una súplica: "que V. E. se sirva admitir la renuncia que hago de los ganados que por ambos decretos me son adjudicados, en favor de los objetos de beneficio público que V. E. se digne señalar" (Carta del general Oribe al general Rosas. Cuartel general de Córdoba, 3 de febrero de 1841)
Tal la contextura moral de este héroe abnegado, que según afirmaba en el mismo oficio, abrigaba "la firme resolución de morir en defensa de la Sacrosanta Causa que sostenemos, o ver exterminar hasta el último de los enemigos de la Patria".
En mayo de 1841 ya estaba de nuevo en marcha Oribe y sus ejércitos federales. Cruzó La Rioja, donde los generales Nazario BenavÃdez y José Félix Aldao habÃan sumado victoria tras victoria, y penetró en Tucumán, siempre en seguimiento de Lavalle. Por fin, el 19 de setiembre de 1841 logró trabar combate con las fuerzas del general unitario, a su propio mando, en Famaillá, obteniendo una victoria decisiva sobre las diezmadas huestes "libertadoras". Lavalle huyó del campo de batalla, derrotado y con una pequeña partida, abandonando su ejército, parque, artillerÃa,etc. Ya se sabe que unos pocos dÃas después, el 9 de octubre, en Jujuv, cuando huÃa hacia Bolivia, cayó para siempre, herido por una bala perdida, el hombre que habÃa contribuido al infortunio de Oribe, en sus propias tierras orientales, aliándose con los enemigos de América y de la libertad.
El brigadier general Manuel Oribe dio cima a una de las epopeyas más brillantes en la historia de las guerras americanas. A lo largo de dos años de épica grandeza, cruzó victorioso toda la República, desde Buenos Aires hasta la frontera norte, enhebrando victorias en el hilo glorioso de su espada. Pudo cobrarse los agravios recibidos del salvaje bando unitario; pero su alma era noble v sus sentimientos excluÃan la venganza. Cuando se dispuso a penetrar en la ciudad de Tucumán, su jefe de Estado Mayor, general Eugenio Garzón, de acuerdo a sus instrucciones, emitió una proclama a sus tropas. "Hoy marchan les decÃa a ocupar la capital de esta provincia las tropas que componen esta división; los señores jefes que mandan los cuerpos advertirán a los, suyos, que todas clases deben conducirse de un modo adecuado a la dignidad y decencia con que las tropas del virtuoso Ejército Federal se han comportado en todas partes" (Jefe de Estado Mayor, general Eugenio Garzón: Orden de la División. Campamento de Tucumán. 16 de setiembre de 1841)
El brigadier Oribe se reveló como estratego genial, demostró poseer el sentido innato de la autoridad e impuso una férrea disciplina, mantuvo enérgicamente el principio básico que rigen las guerras: "Es preciso desplegar una incansable actividad y no ahorrar trabajos, empeño ni sacrificios", le escribÃa al gobernador Ibarra (Carta del brigadier general Oribe al gobernador Ibarra. 4 de agosto de 1841)
Sabida en Buenos Aires la culminación feliz de su campaña en el norte, el general Rosas informaba a la Legislatura: "Al frente de estos valientes el ilustre Presidente del Estado Oriental, brigadier don Manuel Oribe, ha sellado antecedentes gloriosos con su renombre inmortal. Presidiendo importantÃsimas victorias, brillante sobre reiterados campos de honor, honorÃficamente ha cumplido la misión que fió el gobierno a su distinguida capacidad, lealtad y heroico denuedo†(Mensaje del gobernador Rosas a la Sala de Representantes. 27 de diciembre de 1841)
Su épica cruzada libertadora en tierra argentina hubo de coronarla en la batalla de los diez generales, en Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842, contra las fuerzas de la Liga Cuadrilátera, en que se habÃan coaligado Paz, Rivera, Ferré y J. P. López. Deshizo este nuevo peligro y dio cima, en las agrestes llanuras litoralenses, a la magna empresa de librar de enemigos a todo el territorio de la Confederación Argentina.
La inquina de los que vieron desbaratados sus esfuerzos por meter en nuestra casa a los bloqueadores extranjeros, ha seguido mordiendo el bronce de su estatua. Las vilezas y leyendas del que está abundantemente provisto el arsenal de los liberales, se volcó sobre el relieve impar de su figura. Es el destino de los "bárbaros caudillos", en tanto puedan continuar sus insólitos manejos los falsificadores de la historia. Pero ya esto es cosa que está pasando y previene el refrán: Agua pasada no mueve molino. |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Dom Jul 06, 2008 3:02 am Asunto: |
|
|
San MartÃn
También sobre San MartÃn cayeron las densas aguas de la negación y la calumnia. Y fueron los misinos los impugnadores. Por eso debemos incluir aquÃ, entre los "bárbaros caudillos" al Padre de la Patria, al Libertador de tres naciones, al hombre más puro de nuestra historia.
Pero, ¿puede tildarse de caudillo a San MartÃn? Sin duda que sÃ, en la mejor puridad de nuestro rico idioma castellano, pues él estuvo a la cabeza, como guÃa y con mando, de gentes de guerra. Ningún caudillo más alto, ni más tÃpico, ni más auténtico que el general San MartÃn, que acaudilló a las masas para la empresa de la libertad y se constituyó en el vigÃa insobornable de la patria. El estuvo siempre al lado del pueblo, de los caudillos y de la verdad de la tierra recién nacida para el cumplimiento de un' destino propio y emancipador.
Además, San MartÃn como todos los caudillos concitó el odio de los facciosos unitarios, de los conjurados de las logias, de los caballeros que hacÃan bandera del liberalismo y de la ilustración.
Los primeros movimientos contra su figura excepcional los consumaron Rivadavia y sus seguidores del "partido de las luces". Ellos vieron en la noble prosapia del Libertador y en la intuición terrÃgena que lo caracterizaba, los elementos de oposición que, por simple acto de presencia, podÃan destruir al núcleo rivadaviano. El crecimiento natural de su estampa guerrera' y su limpia conducta, frustraron la infame conjura liberal y tuvieron que allanarse a admitir un prestigio consolidado a sus espaldas. Entonces se volvieron contra Rosas e hicieron de él lo que se proponÃan hacer de San MartÃn: lo opuesto a la "empresa civilizadora" de Rivadavia. Y como San MartÃn apoyaba con toda la decisión de su carácter y la elevación de sus miras, la obra en que se encontraba empeñado el Restaurador, de hecho le rozaban y salpicaban con la maléica escoria que arrojaban sobre éste.
Pero San MartÃn no pudo ser sepultado; ¿hasta cuándo seguirá estándolo su par en la grandeza y en la verdad de nuestra historia?
El doctor Amadeo dice que no es lógica la Argentina "quedándose con San MartÃn y arrojando a Rosas" (0. R. Amadeo: Vidas argentinas) . ¡Gran verdad, ni siquiera empañada por la insinuación de que ambos representaban un activo y un pasivo que el paÃs debe cargar "sin beneficio de inventario".
Esta identidad de pares entre las dos grandes figuras de nuestra historia, la han visto extranjeros de espÃritu amplio y objetivo. AsÃ, por ejemplo, el profesor francés M. Jacques Duprey, que penetró los archivos de diversos paÃses, expresa: "Nosotros estábamos, a pesar nuestro, prevenidos respecto al dictador argentino. Los archivos de Buenos Aires nos han revelado una personalidad poderosa y hábil, una inteligencia flexible y de recursos, y no solamente una voluntad monstruosa; un verdadero jefe de gobierno, digno de la grandeza actual del paÃs que él ha contribuido pujantemente a forjar. A pesar de todas nuestras prevenciones, hemos aprendido a poner a Rosas al lado de San MartÃn, en el panteón de la historia de la República Argentina" (Jacques Duprey: Un fils de Napoleón I dans le pays de la Plata sons la dictature de Juan Manuel de Rosas. Montevideo, 1937 )
Alberdi, superados los enconos de la lucha que su bando libraba contra el dictador desde Montevideo, comprendió la injusticia que los hombres del "partido porteño" cometÃan con Rosas, después de Caseros, y le escribÃa a Terrero: "En el mismo lugar en que debiera tributarse elogio y respeto al general Rosas, que tuvo tan alto el estandarte de San MartÃn, lo ultrajan del modo más cobarde e ingrato" (Carta de Alberdi a Terrero. 19 de julio de 1864. Cfr. Manuel Gálvez: Vida de don Juan Manuel de Rosas. Ed. El Ateneo. Buenos Aires, 1940)
El propio Libertador habÃa confiado en que la justicia histórica darÃa plenas satisfacciones de la grandeza de Rosas; en la última carta que le escribió (lleva fecha del 6 de mayo de 1850 y el general San MartÃn murió el 17 de agosto de dicho año), le decÃa: "Que goce usted de salud completa y que al termino de su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino, son los votos, que hace y hará siempre en favor de usted este su apasionado amigo y compatriota (Carta de San MartÃn a Rosas. Boulogne, 6 de mayo de 1850. En San MartÃn. Su corresp... Ed. del Museo Hist. Nac.)
TodavÃa no han sido escuchadas estas serenas palabras del más grande de los argentinos, en las que resuena la voz de la Patria hecha justicia e inmortalidad.
El general Rosas sobrelleva una carga que los liberales intenta ron depositar sobre las espaldas ciclópeas del Libertador.
Rivadavia inició el movimiento con el que suponÃa iba a destruir a San MartÃn y apagar sus glorias. Los rivadavianos se expedÃan con temeraria irrespetuosidad cuando nombraban al Padre de la Patria. El cura don ValentÃn Gómez, vocero entrañable de dicho sector, le escribÃa al general Alvear: "Veo ... que San MartÃn se ha conducido en Londres como un aturdido...Nuestro Rivadavia va a concluir la obra. Este será oÃdo con preferencia, y San MartÃn quedará en el último ridÃculo...†(Carta del doctor ValentÃn Gómez al general Alvear. 19 de setiembre de 1825. Cfr. Gregorio F. RodrÃguez: Contribución histórica y documental. Ed. Peuser, 3 vols. Buenos Aires, 1921.22)
1 ¡Rivadavia comparado con San AlartÃn! ¡Que ridÃcula farsa de pigmeos! Con razón el Libertador denunciaba "los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este paÃs, sino al resto de la América, con su infernal conducta†(Carta de San MartÃn a O'Higgins. Montevideo, 13 de abril de 1829. En obr.cit.)
De la administración de Rivadavia dijo: "Ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos†(Carta de San MartÃn a O'Higgins. Bruselas, 20 de octubre de 1827. En obr. cit.)
Los detractores ideológicos le persiguieron con malvadas imputaciones; pero la impostura no pudo torcer su permanente interés en las cosas de la tierra; asÃ, le escribÃa al general Guido: 'DÃgame Vd., con franqueza, cuál es la situación de nuestro paÃs. ¿Creer Vd. que a pesar de haberme tratado como a un Ecce Horno y saludado con los honorables dictados de ambicioso, tirano y ladrón, lo amo y me intereso en su felicidad` ". (Carta del general San MartÃn al general Guido. Bruselas, 6 de enero de 1827. En San MartÃn. Su corresp.Edit. América, ya cit.)
El odio del cÃrculo rivadaviano alcanzaba, inclusive, a los amigos del general San MartÃn. Bien tuvo oportunidad de experimentarlo el general O´Higgins. Él mismo nos informa: "Este hombre despreciable (Rivadavia) no sólo ha ejercido su envidia yI su encono en contra de Vd.; no quedaba satisfecha su rabia, y acudiendo a su guerra de zapa, quiso minarme en el retiro de este desierto, donde por huir de ingratos, busco mi subsistencia y la de mi familia con el sudor de mi frente. Yo nunca lo conocà personalmente, y él sólo me conoce por mis servicios a la Patria, y me escribieron de Buenos Aires que por su disposición se dieron los artÃculos asquerosos contra mi honradez y reputación en los periódicos de Buenos Aires de aquella afrentosa época" (Carta de 031liggins a San MirtÃn. llacienda de Montalván, en el valle de Cafiete. 16 de agosto de 1828. En obr.cit.)
O´Higgins, con estos antecedentes, se escapa al control de su mesura y por la hostilidad demostrada hacia el general San MartÃn, llama a Rivadavia "detractor", "piadoso administrador de CaÃn", "enemigo tan feroz de los patriotas", y "el más criminal que ha producido el pueblo argentino".
Las campañas enderezadas a pulverizar al glorioso soldado de la emancipación americana, no pudieron lograr su objetivo. Trataron entonces de complicarle en sus manejos y de obtener, por medio de su poderosa influencia, una elegante escapatoria a la crisis en que se precipitaron a raÃz del asesinato de Dorrego. En efecto; en 1829, coincidiendo con el terrorista régimen implantado por Lavalle, llegó el general San MartÃn a las balizas del puerto de Buenos Aires. Era el 6 de febrero y pudo conocer de inmediato las terribles condiciones imperantes en la ciudad bajo la tiranÃa de los civilizadores. Se negó a desembarcar para no mezclarse en !as disensiones internas; asà se lo hizo saber al secretario general del gobierno, don José Manuel DÃaz Vélez, a quien solicitó pasaporte para Montevideo. Su propósito de alejarse lo fundaba "en vista del estado en que se encuentra nuestro paÃs...no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos..."( Carta de San MartÃn al secretario general del gobierno de Buenos Aires, don José Miguel DÃaz Vélez. Balizas, 6 de febrero de 1829. F.n obr.cit.)
La respuesta del ministro, al dÃa siguiente, traducÃa la mentalidad predominante en el desorbitado grupo que acababa de asesinar al jefe del gobierno. "Aquà no hay partidos le decÃa , si no se quiere ennoblecer con este nombre a la chusma y a las hordas salvajes...†(Respuesta del secretario DÃaz Vélez al general San MartÃn. Buenos Aires, 7 de febrero de 1829. En obr.cit.)
¿Es que pueden escucharse sin protesta tamañas ignominias? Que otros lo hagan; nosotros no podemos menos de gritar nuestra indignación contra los farsantes que, con las manos tintas en sangre, pretenden medir y condenar a sus opositores. No hay crimen mayor que el de disponer arbitrariamente de la vida de los semejantes; las chusmas y las hordas que no matan poseen una nobleza de que carecen los civilizados asesinos...
San MartÃn se instaló provisoriamente en Montevideo. Allà lo alcanzaron los emisarios de Lavalle, coronel Eduardo Trolé y don Juan Andrés Gelly, "para que hablen a usted en mi nombre†(Carta del general Lavalle al general San MartÃn. Cuartel general en el Saladillo, 4 de abril de 1829. En obr.cit.)
El Libertador escribió unos dÃas después: "El objeto de Lavalle era el que yo me encargase del mando del ejército y provincia de Buenos Aires v transase con las demás provincias a fin de garantir, por mi parte y la de los demás gobernadores, a los autores del movimiento del 1° de diciembre..." (Carta de San MartÃn a O'Higgins. Montevideo, 1.3 de abril de 1829. En obr.cit.)
Los difamadores de ayer buscan ahora el amparo moral y material del insigne patriota para escapar al castigo de sus crÃmenes. San MartÃn rechazó toda su gestión en tal sentido, pero no sin antes hacerle estas sensatas reflexiones a su antiguo compañero de armas: "Aunque los hombres en general juzgan de lo pasado según su verdadera justicia, y de lo presente según sus intereses, en la situación en que Vd. se halla, una sola vÃctima que pueda economizar a su paÃs, le servirá de un consuelo inalterable.†(Carta de San MartÃn a Lavalle. Alontevideo, 14 de abril de 1829. En obr. cit. ). Consejo inútil; la ambición descabellada y los actos de traición a la patria, en vil concertación con el enemigo extranjero, regarÃan con sangre generosa de millares de argentinos las tierras que el Libertador querÃa ver consagradas a la justicia y a la paz.
Tres dÃas después el Padre de la Patria partÃa en viaje de retorno a Europa, no sin escribirle al general Iriarte: "SerÃa yo un loco si me mezclase con estos calaveras. Entre ellos hav algunos, y Lavalle es uno de ellos, a quien no he fusilado de lástima cuando estaban a mis ordenes en Chile y en el Perú...Son muchachos sin juicio, hombres desalmados..." (Cfr. Silvestre Pérez: FilosofÃa del federalismo...ya cit.)
Nunca más volvió el general San MartÃn a pisar el suelo de la patria, a la que volaba infatigable su pensamiento. En su correspondencia numerosa estaban siempre presentes los problemas que de alguna manera se vinculaban al destino argentino. Su espÃritu se agitó cuando las dos grandes potencias europeas impusieron un injusto bloqueo a nuestros puertos. Su adhesión al general Rosas en estas circunstancias, se hizo invulnerable; no concebÃa que hubiera argentinos que cometieran la “felonÃa†de unirse al extranjero para derrocar a su gobierno. Cuando Sarmiento viajó a Europa comisionado por el presidente de Chile, don Manuel Montt, para efectuar estudios sobre educación, solicitó y obtuvo del general Las Heras una carta que le permitiera ser introducido a presencia de San MartÃn. "El señor Sarmiento decÃa la presentación , patriota ilustrado y que por su poca edad no pudo conocer a usted en la época de sus grandes hechos, desea ardientemente acercarse a usted como a zino de los muy pocos monumentos de nuestra historia..." (Carta del general Las Heras al general San MartÃn. Santiago de Chile, 18 de octubre de 1845. En obr. cit.)
Estuvo Sarmiento con el Libertador, como lo deseaba, y por lo visto no le hizo feliz la recia tesitura argentina en que lo halló; en carta a su amigo don Antonino Aberastain le decÃa: "San MartÃn, hombre de una pieza, anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas al defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca" (Cfr. José PacÃfico Otero: Historia del Libertador don los de San MartÃn, t. vi. Etablissements Gériéraux d´Imprimerie. Bruselas, 1932).
La contrariedad de Sarmiento era explicable; pues pertenecÃa a la Comisión Argentina de Chile, que estaba confabulada con el atacante extranjero, y aunque habÃa tenido la debilidad de preguntarse si tal cosa constituirÃa "un error afrentoso", se habÃa apresurado a justificarla en tanto fe proponÃa "derrocar a un tirano". Para no sufrir estas incomodidades, el doctor Florencio Varela, que también acababa de visitar al Libertador, aseveraba que "habla constantemente de nuestro paÃs, lamentando la suerte de Buenos Aires y maldiciendo la tiranÃa de Rosas..." ¡Impavidez desconcertante la de los Varela!
San MartÃn apoyó con sostenida fortaleza la causa de la Confederación Argentina (y de su insigne conductor, el general Rosas) contra las presiones y atropellos del bloqueador europeo. La probidad e independencia de sus opiniones no se regÃa por otras consideraciones que las del bien de la patria; prueba de ello es la carta que tanto utilizan los detractores del Restaurador de las leves, escrita en 1839, cuando le llegaron referencias parciales sobre el asesinato del doctor Maza : "Tú conoces mis sentimientos le escribÃa a su amigo don Gregorio Gómez y, por consiguiente, yo no puedo aprobar la conducta del general Rosas cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados de nuestro paÃs. Por otra parte, el asesinato del doctor Maza< me convence que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia" (Carta de San MartÃn a don GregorÃo Gómez. Grand Bourg, 21 de setiembre de 1839. Repr. en La Prensa de Buenos Aires, ed. del 20 de noviembre de 1941)
La historia al uso de los liberales, que abomina de Rosas y glorifica a los que humillaban al paÃs con alianzas traidoras, se limita a la trascripción indicada; pero el Libertador añadÃa: "A pesar de ésto yo no aprobaré jamás que ningún hijo del paÃs se una a una nación extranjera para humillar a su patria". Esto se omite con malicia; ¿será por aquello de que no hay que mentar la soga en casa del ahorcado?
Por lo demás, poco valen las reacciones impresionables de un instante frente a las irrevocables decisiones de los momentos más solemnes de la vida de un hombre. San MartÃn trazó de su puño y letra, en 1844, el testamento que habrÃa de recoger sus más Ãntimas voluntades: "El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud escribió, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que trataban de humillarla" (Testamento del general San MartÃn, cláusula 31, ParÃs, 23 de enero de 1844)
Esto tiene el valor de una consagración inolvidable; no importa que rabien los que no pueden admitir la belleza de los gestos puros, nacidos al calor de sentimientos inefables. En la Legislatura bonaerense, preguntaba el diputado Obligado: "¿Quién se ha de acordar después de algunos años que el general San MartÃn le legó su espada a Rosas?" (Legislatura de la provincia de Buenos Aires.Sesión del 13 de julio de 1857)
¿Quién? ¡La posteridad, que como la diosa Temis, tiene la balanza para pesar los actos de los hombres y la espada para cortar la lengua de los detractores!
El general Rosas se mostró sensible a la grandeza de alma del ilustre patricio. Fue el primer gobernante argentino que tributó honores oficiales a su figura. En su mensaje de 1847, decÃa: "El conspicuo general don José de San MartÃn continúa acreditando patrióticamente sus simpatÃas, como dedicó sus espléndidas glorias a la causa de la independencia de la República Argentina y de la América. El Gobierno distinguidamente aprecia la noble conducta de aquel invicto americano. Le complace ver el entusiasmo con que tan merecidamente se pronuncia su ilustre nombre y el afectuoso respeto con que se le consagró en toda la Confederación y en la América" (Mensaje del gobernador Rosas a la Sala de Representantes, 1847).
En la Gaceta Mercantil se publicaron, bajo el tÃtulo "Recuerdos del General San MartÃn", una serie de artÃculos laudatorios, atribuidos al doctor Bernardo de Irigoven, ferviente colaborador de Rosas (Gaceta Mercantil. Ediciones del 23 de junio al 19 de julio de 1851)
Los representantes del Partido unitario no le perdonaron a San MartÃn su fidelidad para con la patria fuerte, que con tanta dignidad repelÃa a sus enemigos exteriores. Cuando llegó a Montevideo la noticia de la muerte del caudillo inmortal, por carta del doctor Félix FrÃas, radicado en ParÃs, le respondió el doctor ValentÃn Alsina: "Como militar fue intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado de los enemigos de Rosas. ¡la hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y cerriles, contra el extranjero. . . Era de los que en la causa de América, no ven más que la independencia del extranjero, sin importárseles nada de la libertad y sus consecuencias ... Nos ha dañado mucho fortificando allá y aquà la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavÃa lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna..." (Carta del doctor ValentÃn Alsina 21 doctor Félix FrÃas. Montevideo, 19 de noviembre de 1850. Cfr. G. F. RodrÃguez: Contribución histórica y documental.)
Para los facciosos de Montevideo poco interesaba el patriótico ideal de "independencia del extranjero"; lo que sacudÃa sus ánimos era ese vago sentimiento de libertad que tanto conmueve a los liberales. San MartÃn habÃa condenado esa falsa posición en tino de sus párrafos más destacados: “...el mejor gobierno no es el más liberal en sus principios, sino aquel que hace la felicidad de los que obedecen" (Carta del 11,2neral San AlartÃn al general chileno F. A. Pinto. Grand Bourg, 26 de setiembre de 1846. En obr. cit.)
No rendir culto a los principios liberales era colocarse irrevocablemente entre los "bárbaros caudillos".
Por eso el Libertador, a pesar de la pureza de su vida y de la serenidad grandiosa de su muerte, siguió concitando la animadversión de los liberales. El genial Sarmiento le escribÃa a Alberdi, en 1.852, incitándole a escribir una biografÃa de San MartÃn: "¿Se encarga Vd. del trabajo? le preguntaba . Fundemos de una vez nuestro tribunal histórico. Seamos justos pero dejemos de ser panegiristas de cuanta maldad se ha cometido. San MartÃn castigado por la opinión, expulsado para siempre de la América, olvidado veinte años, v rehabilitado por los laicos, por Montt, el doctor, el letrado, es una digna y útil lección" (Carta de Sarmiento a Alberdi. Yungay, Chile, 19 de junio dc 1852. Cfr. J. B. Alberdi: Grandes y pequeños bombres... ya cit.) Pero Sarmiento, que hablaba con tanta procacidad del Padre de la Patria, es uno de los próceres intocables del liberalismo.
También Alberdi se expidió con una irrespetuosidad que entristece nuestro ánimo: "Empleó cinco años - escribÃa -, y tuvo a su servicio los medios de Chile y del Perú, y ni asà consiguió arrebatar a los españoles las cuatro provincias argentinas del Alto Perú ... ¿Dónde está el genio de San MartÃn? En que pasó cañones a través de los Andes ¿Por eso serÃa otro AnÃbal? Comparaciones pueriles. Desde la conquista, los españoles tenÃan dominados a los Andes como a carneros. HacÃa cerca de tres siglos que Pedro de Valdivia atravesó esas cordilleras para conquistar a Chile, y que Hurtado de Mendoza las repasó en sentido contrario para fundar a Cuyo. Baste decir que por dos siglos fue Cuyo provincia de Chile, siendo los Andes su lÃmite doméstico y municipal ... No pretendo apocar el mérito de San MartÃn, sino dejarle su verdadera talla, y dar a las causas reales que libertaron a América, la parte que la falsa historia les arrebata para darla a hombres que no necesitan de esa usurpación..." (Alberdi: Grandes y pequeños hombres... ya cit.)
Lo dicho: San MartÃn debe figurar a justo tÃtulo entre los "bárbaros caudillos", Y pese a la inquina y reticencia de los historiadores liberales, debemos proclamar bien alto con las palabras de Las Heras que él es “uno de los muy pocos monumentos de nuestra historia..."
La verdad siempre triunfa.
“Llegará el dÃa en que desapareciendo las sombras sólo queden las verdades, que no dejarán de conocerse por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias†(Juan Manuel de Rosas. 1857)
Fuentes:
* Garcia Mellid, Atilio. Proceso al liberalismo Argentino. Edit. TheorÃa.
* Obras citadas.
ArtÃculos Relacionados:
* El Restaurador de la Leyes.
* Juan Manuel de Rosas
* Rosas y Sam Martin
* Pascual Echagüe
* Estanislao López
* Chacho Peñaloza
* Felipe Varela
* Juan Bautista Bustos
* Nazario Benavidez
* Rosas y San Martin
* Lo que Rosas no hizo
* Rosas no ha muerto
* La tregua unitaria
* La guerra de policÃa
* Los "voluntarios"
Fuente: www.lagazeta.com.ar |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Mar Ago 12, 2008 2:36 pm Asunto: |
|
|
Brigadier general Pacual Echagüe (1797-1867)
(01) Sus comienzos.
(02) Gobernador de Entre RÃos
(03) Invasión de la Banda Oriental
(04) Completa derrota de Lavalle
(05) Batalla de Caseros
(06) Guerra del Paraguay
(07) Fuentes
(08) ArtÃculos relacionados
Sus comienzos
Nació en la ciudad de Santa Fe el 17 de mayo de 1797, de una familia de ilustre abolengo, originaria del antiguo reino de Navarra (España). Fueron sus padres Francisco Javier de Echagüe AndÃa y Gaete, santafecino, Regidor, capitán de milicias; y Francisca Antonia Dervez. Hizo los primeros estudios de latinidad en su ciudad natal, continuándolos en la Universidad de San Carlos, en Córdoba, graduándose de doctor en TeologÃa, en 1818, no obstante lo cual, este último año siguió estudiando de interno en el Colegio de Monserrat.
En 1823 fue enviado por Estanislao López ante el gobernador de Entre RÃos, coronel Mansilla, para proponer un tratado entre ambos gobiernos con el fin de invadir la Banda Oriental que se hallaba en manos de los portugueses: Echagüe lo firmó a nombre de López, y el coronel Nicolás de Vedia por Mansilla, estipulándose en el acuerdo que las tropas santafecinas debÃan pasar el Paraná a los 15 dÃas de ratificado el tratado, contribuyendo Entre RÃos con doble número de soldados. El documento estipulado no fue ratificado y la invasión a la Banda Oriental quedó sin efecto por el momento. Muchos aseguran que se debió a que Mansilla, influenciado por los portugueses, saboteó el tratado.
En 1824 revista como secretario de Estanislao López, y al año siguiente reemplaza a éste cuando tuvo que salir a campaña. El 15 de octubre de 1825, era teniente coronel de caballerÃa y comandante general de armas de la provincia de Santa Fe, cuando fue elegido diputado ante el Congreso General reunido en Buenos Aires, cargo que solo desempeñó hasta el 15 de diciembre de aquel año. A comienzos de 1826 nuevamente quedó como gobernador delegado de Santa Fe por haber salido a campaña el titular. El 2 de octubre de 1827, Echagüe firmaba en Buenos Aires, en representación de Estanislao López, la convención de amistad y buena armonÃa celebrada entre ambas provincias, la que fue ratificada el 20 del mismo mes. En junio de 1828, el gobernador López fue designado por el Gobierno Nacional para hacerse cargo del comando de las fuerzas republicanas que se hallaban a la sazón operando en los pueblos de Misiones, y el ya coronel Echagüe quedó como gobernador delegado hasta el mes de setiembre del mismo año, en que el titular regresó de la comisión, habiéndose entrevistado con el general Fructuoso Rivera, que quedó definitivamente a cargo de las operaciones en aquella zona. Cuando López se ausentó nuevamente a causa de la revolución del 1º de diciembre que derribó a Dorrego, Echagüe quedó nuevamente al frente del gobierno, después de haber salido el primero a campaña contra los indios, al frente de 300 hombres. En enero de 1829 López reocupaba el gobierno de la provincia.
DÃas después, a la cabeza de 300 hombres, el coronel Echagüe se reunÃa en las inmediaciones del Rosario con el general Rosas y los coroneles AgustÃn de Pinedo y Juan Izquierdo para operar contra las fuerzas de Lavalle. Tomó parte en la campaña contra este General, asistiendo al combate del Puente de Márquez, el 26 de abril de 1829, en calidad de secretario de Estanislao López.
Tomó parte en las operaciones del Ejército Confederado, que bajo el mando del general Estanislao López, penetró en la provincia de Santa Fe a fines de 1830, con el fin de batir al del general Paz, vencedor de Quiroga en las dos batallas de la Tablada y Oncativo. Cuando el Gral. Paz cayó prisionero, el 10 de mayo de 1831, el coronel Echagüe lo trató con urbanidad e impidió que Paz sea insultado por los soldados y los pobladores, como aquel lo recuerda en sus “Memorias Póstumasâ€. Poco antes Echagüe habÃa cooperado con el coronel Angel Pacheco a la derrota de Pedernera en el Fraile Muerto, el 5 de febrero de 1831. En el curso de esta campaña, el coronel Echagüe desempeñó las funciones de 2º Jefe del Ejército Confederado. El 31 de mayo de aquel año, ocupaba la ciudad de Córdoba, que habÃa abandonado Lamadrid dÃas antes, destacado al efecto por el general Estanislao López, mandando una división auxiliar.
Ver nota completa en http://www.lagazeta.com.ar/echague.htm
. |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Vie Ago 15, 2008 8:56 pm Asunto: |
|
|
FELIPE VARELA
Alto, enjuto, de mirada penetrante, severa prestancia y graduado en al escuela del Chacho. Este Catamarqueño habÃa nacido en Valle Viejo y se arraigó en Guadandacol, donde era estanciero y coronel de la nación.
HabÃa intervenido con el Chacho en las sublevaciones de 1862 y 1863 para ser luego edecán de Urquiza, quien lo tuvo a su lado durante el desbande de Basualdo y Toledo. Viendo la impopularidad de la guerra del Paraguay, paso a Chile, donde presenció el bombardeo de ValparaÃso por la escuadra española de Méndez Núnez y supo la negativa de Mitre al pedido de apoyo por parte de Chile y Perú. Asà conoció en antiamericanismo de mitrista.
Al conocer los términos del tratado secreto de la “Triple Alianzaâ€, no le pensó dos veces; dio órdenes de vender al estancia y con el producto compro unos pocos fusiles Einfield y dos cañoncitos de desecho militar chileno. Los llamó “los boconesâ€. No le alcanzó para más, para incentivar a sus hombres contrató una banda de músicos chilenos, y se largó cruzar la cordillera.
Luego de un enfrentamiento en “Nacimientoâ€, llega a Jáchal con 200 hombres en diciembre de 1866. Fue recibido con entusiasmo, y repartió su proclama americanista. En febrero eran 4.000, y por los pueblos del oeste se escucho la cuarteta que recogió Alfonso Carrizo:
“De chile salió Varela,
y vino a su patria hermosa,
aquà ha de morir peleando,
por Vicente Peñaloza.â€
Varela mandó agentes ante López par enterarlo del apoyo de su movimiento a los paraguayos.
La Proclama
El seis de diciembre de 1866, al cruzar entre los boquetes de la cordillera, el coronel Felipe Varela da a conocer su proclama, dando un profundo sentido nacional y americano a la lucha montonera que han reiniciado Aurelio Zalazar en Catuma y los “colorados†en Cuyo.
El caudillo catamarqueño, que fuera segundo jefe del Chacho Peñaloza, y como tal admirado y respetado en el noroeste argentino, llega marcialmente de Chile con su inconfundible figura estilizada, su gran sombrero y sus largos bigotes canos. Le acompañan pocos hombres y escaso armamento pero sabe que lo espera una nación sometida por la fuerza y convulsionada, que sólo engrillada admite ir a pelear contra sus hermanos paraguayos.(Ver Los "voluntarios" de la guera del Paraguay). Cada sufrido hombre de nuestro interior provinciano es montonero que está esperando nada más que la voz de su jefe para incorporarse al combate.
“¡Compatriotas, a las armas!†es la invitación de Felipe Varela. Mas, a diferencia del Chacho, su “Proclama†enuncia un programa concreto y revolucionario. No se trata sólo de una lucha romántica contra el tirano de Buenos Aires y sus mandantes europeos. Dirá Varela: “¡Soldados Federales!†Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás Repúblicas Americanasâ€. Y no vacilará en enjuiciar con severos y definitivos trazos la polÃtica mitrista: “Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando empeñada en más de cien millones fuertes, y comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes destinos por el bárbaro caprichote aquél mismo porteño que, después de la derrota de Cepeda, lagrimando juró respetarla".(Ver la batalla de Cepeda)
“Compatriotas, desde que aquel (Mitre) usurpó el Gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros públicos y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser el patrimonio de los porteños, condenando al provinciano a cederles hasta el pan que reservara para sus hijos. Ser porteño, es ser ciudadano exclusivita; y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la polÃtica del Gobierno de Mitre. Tal es el odio que aquellos fraticidas tienen a las provincias qeu mucho de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y guillotinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazábal y otros varios dignos de Mitreâ€. (“¡Viva los pueblos libres!†Manifiesto de Felipe Varela impreso en PotosÃ, enero de 1868. Biblioteca Nacional. Buenos Aires)â€.
Ante el pronunciamiento de Felipe Varela, el mitrismo vacila. Comprende que se ha iniciado en nuestro paÃs una revolución popular americana; sabe bien que el lema que el caudillo montonero lleva al combate – “La Unión Americana de las Repúblicas del Sud contra las Potencias Europeas†– no es una frase de circunstancias, pues el coronel Varela al titularse “Representante y Defensor de la Unión de Americana†está entroncando su pronunciamiento en la reacción continental contra los planes del Imperio Británico de apoderarse definitivamente de América.
El Imperio Británico y El Apoderamiento Continental
Efectivamente, hacia 1860 y en los años sucesivos el Imperio Británico realiza una genial y sutil maniobra tendiente a lograr el apoderamiento definitivo del continente sudamericano, eliminando las resistencias nacionales y la competencia internacional que pudiera perturbar sus planes de dominio.
El momento histórico elegido para ello no es casual: la guerra de la Secesión, eliminaba a los Estados Unidos del plano competitivo internacional, a su vez que la coyuntura económica inglesa permitÃa la realización del plan imperialista: hacia esos años ya se encontraba aceleradamente desarrollado el proceso de acumulación de capital de concentración bancaria e industrial.
La crisis mundial del algodón y la necesidad de nuevas áreas de cultivo, asà como el aseguramiento del fertilizante que permitiese una producción algodonera intensiva, movieron al Imperio Británico y a su Alta Banca a proyectar una gran polÃtica imperialista de apoderamiento, cuya sutileza y genialidad consistió en permanecer oculta tras fuerzas y diplomáticos de otras naciones. La maniobra se vio facilitada por el sometimiento financiero que el Imperio Británico habÃa logrado a su favor tanto de la Europa continental como de los paÃses americanos.
En esa intrincada red de empréstitos y dependencia, Baring Brothers jugaba un papel esencial.
El ataque a México, la Guerra del Guano y la de la Triple Alianza, asà como las demás guerras y atropellos territoriales que soportó América en esa década de 1860, tuvieron un único responsable, invisible y oculto: el Imperio Británico.
El ataque de México tuvo su origen inmediato en la deuda de esta nación con la Alta Banca europea, en especial con la inglesa. Y si bien el ataque se inicia por las fuerzas combinadas del Imperio, España y Francia, tras la “Convención de Soledad†ésta última nación será la ejecutora visible de los planes de conquista, tendientes a asegurar, en su fin último, el cobro de la deuda externa y dominar absolutamente la polÃtica y economÃa mexicana mediante la concreción de nuevos empréstitos con las bancas Rotschild y Jecker.
La Guerra del Guano, por su parte, es otra cruel evidencia de los complejos planes del Imperio Británico y su Alta Banca. Mientras la Francia de Napoleón III atacaba México, la escuadra española dirigÃa sus naves hacia las costas del Perú, hacia donde llega a fines de 1864 para asolar a América con una nueva guerra de exclusivos fines económicos, cuyo beneficiario no es el atacante visible –España– sino su mandante financiero: el Imperio Británico a través de Rothschild y su testaferro el banquero español José de Salamanca.
El guano, fertilizante necesario para el consumo del algodón, corrÃa peligro de salir del control británico por decisión nacionalista del gobierno peruano. De allà esta absurda guerra, en que la ocupación de la Isla de Chinchas y el bombardeo a la indefensa ciudad chilena ValparÃso, no reconocÃan otra razón que el propósito de asegurar que el guano garantizara la deuda externa del Perú con la Alta Banca británica y su control directo por parte de las compañÃas explotadoras, también inglesas.
Junto al ataque a México y la Guerra del Guano contra Perú y Chile, se destaca el sangriento drama americano que es la destrucción del Paraguay nacionalista del mariscal Solano López.
Pero América no permaneció indiferente. La respuesta continental no se dejó esperar. Ella fue la de la “Unión Americana de las Repúblicas del Sud del Nuevo Continenteâ€.
Una “Unión Americanaâ€, definida en sociedades polÃticas a o largo del continente desde la ciudad de México hasta Buenos Aires, puesta de manifiesto en Congresos y publicaciones por los intelectuales nacionales y encarnada en acto, por las empobrecidas masas americanas, que tras Benito Juárez, Francisco Solano López, Felipe Varela, enfrentaron al invasor extranjero y sus mandatarios locales, en defensa de un continente que se negaba a ser definitivamente balcanizado y sometido.
El Defensor de la Unión Americana y Baring Brothers
“Entonces –recordará Felipe Varela en su “Manifiesto†– llevado del amor a mi Patria y a los grandes intereses de América, creà un deber mÃo, como soldado de la libertad, unir mis esfuerzos a los de mis compatriotas, invitándoles a empuñar la espada (...)â€.
Tras el combate de Nacimientos (La Rioja) el dos de enero de 1867, hasta el de Salinas de Pastos Grandes, el doce de enero de 1869, en sucesivas campañas, incansables testimonios de heroicidad y grandeza, el caudillo catamarqueño y americano, luchará denodadamente contra los ejércitos de lÃnea, expresiones concretas de un polÃtica imperialista en cuyo vértice se encontraba la Alta Banca británica y en lo que a la Argentina se refiere, Baring Brothers.
Dos meses antes del pronunciamiento varelista. Baring Brothers – como en los tiempos de Rivadavia – habÃa logrado la “nacionalización†de la deuda externa. De esta manera lograba el control total de las finanzas públicas provinciales, las que con sus desvastadas economÃas garantizarÃan y abonarÃan los servicios de esa “deuda†con la Alta Banca británica.
En efecto, por ley 206 del 1° de octubre de 1866 se establecÃa que a partir del veinticinco de mayo de 1867 “quedaban a cargo de la Nación, las siguientes deudas comprendidas en la garantÃa acordada a la provincia de Buenos Aires: 1°) El empréstito inglés (es decir, la deuda con Baring Brothers); 2°) Los veinte millones de fondos públicos creados por la ley del 5 de mayo de 1859 (en poder de Mauá-Rothschild); 3°) Los veinticinco millones de fondos públicos creados por la ley del 8 de junio de 1861â€.
Por eso Baring Brothers comprendÃa con claridad que el pronunciamiento varelista no sólo hacÃa peligrar la estabilidad del Gobierno de Mitre, sino que con sus postulados eminentemente nacionalistas y americanos y con su categórica defensa de las empobrecidas economÃas provinciales, era una formal declaración de guerra al Imperio Británico y a la banca cuyos intereses representaba.
De ahà que cuando el veintisiete de enero de 1867, el agente de Su Majestad Británica, Mr. George B. Mathews entrevista al Ministro de Relaciones Exteriores Rufino Elizalde y le ofrece el apoyo total de Inglaterra contra la revolución popular de Felipe Varela, que a su juicio “amenaza con dominar todo el paÃsâ€, no hace más reconocer el peligro que importaba para los intereses británicos y en especial para Baring Brothers, la montonera argentina dispuesta a cambiar el destino de la patria y con ella de todo el continente sudamericano.
Bartolomé Mitre, súbdito inglés por su vocación de entrega, dirá, satisfecho del ofrecimiento de intervención directa del Imperio Británico contra la heroica montonera del caudillo catamarqueño: “Me ha impresionado agradablemente tan noble proceder que a la vez testifica la cordialidad de nuestras relaciones con la Gran Bretaña, revela elocuentemente la amistad y simpatÃa que profesa a la administración argentina el ilustrado caballero Mathewsâ€.
Mientras tanto, como bien dice Dardo de la Vega DÃaz, “por donde Varela pasa, los ranchos van quedando vacÃosâ€. El jefe revolucionario con voz grave y serena irá enrolando tras sà a las masas criollas tras explicarles el sentido de su “Cruzada Libertadora†para terminar con “los tiempos del coloniaje†como los califica, ya que sabe bien que “los liberticidasâ€, “los servidores del cÃrculo del general Mitre†tratarán de hacerlo aparecer como un bárbaro bandolero – calificación que perdurará luego en toda la historiografÃa oficial – para descalificar su lucha y justificar la sangrienta represión.
A tales infamias responderá irónicamente Felipe Varela: “ser amigo de la libertad, de las provincias y de que entren en el goce de sus derechos ¡oh! eso es ser traidor a la patria y es por consiguiente un delito que pone a los ciudadanos fuera de la ley!â€
Pero los verdaderos traidores a la Patria, de espaldas al paÃs e inclinados ante Baring Brothers, ponÃan precio al pueblo levantado en montonera.
La Misión de Norberto de la Riestra
Mientras el gobierno mitrista en nota oficial manifestaba su total oposición a toda “Unión Americana†y afirmaba enfáticamente que: “la República está identificada con la Europa hasta lo más que es posibleâ€, Norberto de la Riestra, enviado especial de Mitre en Londres trataba de demostrar en los hechos el servilismo total que el propio Gobierno reconocÃa en sus declaraciones diplomáticas.
El británico de la Riestra, llevaba por misión contraer un empréstito de doce millones de pesos en Londres, de acuerdo a la ley 128 de 1865.
De más está aclarar que la gestión de la Riestra era ante la Casa Baring. Esta, sólo adelantará 200.000 libras, de las cuales llegaran a Buenos Aires escasamente 100.000. El resto del empréstito queda supeditado a que la Argentina “peticione conjuntamente con el Brasilâ€. La Alta Banca británica querÃa asegurar de tal manera que el eje Rothschild-Baring contara con total control financiero de la “Alianza†contra el Paraguay.
Norberto de la Riestra, al igual que el Barón de Mauá urgÃa en la City que se llevara a cabo el empréstito que le permitÃa al gobierno de Mitre terminar con el tirano del Paraguay y los bárbaros montoneros.
Para “facilitar†la gestión se resuelve “reducir†el precio del empréstito, aumentando de tal manera las ya cuantiosas ganancias aseguradas a Baring Brothers.
Con fecha cuatro de febrero de 1868, Mitre presta su conformidad para que se reduzca a 70 el precio del empréstito. Finalmente, en junio de dicho año, el enviado plenipotenciario comunica al gobierno argentino la realización del nuevo préstamo, destinado a financiar la destrucción de la resistencia armada americana: 2.500.000 libras, con una supuesta recepción real de 1.735.703 libras, 6s.10 d…
Este empréstito, pagado con “el hambre y sed argentina†resultarÃa hasta 1883 m$n 8.417.515 como renta y m$n. 7.618.968 en calidad de amortización, quedando aún 988.300 libras, que Agote calculaba (en aquel año) que no iban a poder ser canceladas antes de 1889...
Es decir que sobre 1.735.703 libras recibidas teóricamente, debieron pagarse más de 4.000.000 de libras, para satisfacción de Baring Brothers.
El Fin de La Patria Grande
Felipe Varela y los hombres de la revolución, contaban con el levantamiento del litoral argentino, con sus caudillos Justo José de Urquiza y Ricardo López Jordán. El mercader Urquiza, especulará, como hemos visto, con su supuesto apoyo a la montonera – que no se producirá nunca – para obtener notables ganancias en negocios con el Banco de Londres, mientras sueña con la candidatura presidencial. Ricardo López Jordán logrará pronunciarse tardÃamente, recién después de la muerte de Urquiza en san José.
Circunscripta al noroeste argentino, la revolución varelista se convierte en una heroica epopeya, con el último grito montonero de protesta ante el avance de la “civilización portuariaâ€, pero inexorablemente condenado al fracaso en el terreno de las armas.
Tingosta, Paso de San Ignacio, Pozo de Vargas, Salta y Jujuy, darán testimonio esperanzado del paso del caudillo y su montonera, hambreada y sin recursos, pero siempre dispuesta a cumplir la palabra empeñada por su jefe en el “Manifiestoâ€: “Siempre que la suerte quiera ayudarme, siempre que el cielo quiera protegerme, combatiré hasta derramar mi última gota de sangre por mi bandera y los principios que ella ha simbolizadoâ€.
La muerte galopará hacia el caudillo americano en Chile, tÃsico y postrado, pero con los ojos puestos en su patria sufriente un 4 de junio de 1870. Coetáneamente cesaba la última resistencia del mariscal Francisco Solano López, muriendo con él el Paraguay nacional y proteccionista.
Ya nada se oponÃa a los planes Británicos. La Argentina convertida en una “gran estancia†otorgaba el máximo de garantÃas a los “inversores†británicos. El ocaso de la nacionalidad se cotizaba satisfactoriamente en el mercado de valores londinense. El nombre de Baring Brothers brillaba con mayor esplendor que nunca.
Los Caudillos Fderales
“Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñalosa, como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Sin más tÃtulo que ese, sin finanzas, sin recursos, ellos han arrastrado o guiado al pueblo con más poder que los gobiernos. Aparecen con la revolución: son sus primeros soldados†(Alberdi, Juan Bautista. Los Caudillos. Colección Grandes Escritores Argentinos, 3; W. Jackson, Inc. Buenos Aires) (AGM-PLA.p.165)
“No teniendo militares en regla, se daban jefes nuevos, sacados de su seno. Como todos los jefes populares, eran simples paisanos las maás veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocÃan ni podÃan practicar la disciplina. Al contrario, triunfar de la disciplina, que era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debÃa ser el fuerte de los caudillos de la independencia. De ahà la guerra de recursos, la montonera y sus jefes, los caudillos: elementos de la guerra del pueblo: guerra de democracia, de libertad, de independenciaâ€. (Alberdi, Juan Bautista. Grandes y pequeños hombres del Plata. Edit. Garnier Hnos. Bibl. de Grandes Autores Americanos, ParÃs).(AGM-PLA.p.173)
Fuentes:
* GarcÃa Mellid, Atilio. Proceso a los falsificadores de al guerra del Paraguay.Ediciones TheorÃa. Buenso Aires 1964
* GarcÃa Mellid, Atilio. Proceso al liberalismo argentino. Edit. TheorÃa. 1964)
* Ortega Peña, Rodolfo y duardo Luis Dualde. “Baring Brothers y la Historia PolÃtica Argentinaâ€. Editorial “La Estrella†1968)
* www.lagazeta.com.ar
. |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Sab Ago 23, 2008 6:01 pm Asunto: |
|
|
NAZARIO BENAVÃDES
Nació en 1805 en el curato de Concepción, San Juan, y fueron sus padres Pedro Benavidez y Juana Paulina Balmaceda. En su juventud fue agricultor y arriero hasta 1821, año en que su hermano Juan Alberto fue ejecutado bajo el cargo de anarquista y montonero, en razón de haber tomado parte en la sublevación del Regimiento 1º de Cazadores de los Andes. Se contó entre los cincuenta arrieros sanjuaninos que en 1826 Juan Facundo Quiroga llevó de San Juan en su campaña contra Lamadrid, que resultó victoriosa.
Se batió heroicamente en la batalla del Rincón (6 de julio de 1827) y fue distinguido por Quiroga por su valor y pericia. En 1831 volvió a pelear, ya con el grado de teniente coronel, junto a Facundo, en la batalla de la Ciudadela. Participó en 1833 en la campaña del desierto, como integrante de la plana mayor del Regimiento Nº 2 de Auxiliares de los Andes; con el coronel José MartÃn Yanzón vencieron a Yanquetruz.
La gravitación de Benavidez en la polÃtica de San Juan comenzó después de la muerte de Quiroga. El 25 de febrero de 1836 la Sala de Representantes de su provincia lo nombró gobernador interino. San Juan lo apoyó como a un salvador luego del perÃodo de anarquÃa vivido por dicha provincia. El 8 de mayo de aquel año fue elegido gobernador propietario, y se mantuvo en el gobierno – con excepción de perÃodos cortos - hasta 1855.
En 1840 los unitarios lo hablaron para que integrase con ellos la Coalición del Norte, pero se negó con energÃa. En 1845 Sarmiento le escribÃa al general Paz con respecto al sanjuanino: “Es San Juan el único poder militar en el interior de la República, despotizado blandamente por BenavÃdez, quien goza de un inmenso prestigio en todas las provincias de la costa de los Andes, y domina a Mendoza y La Riojaâ€.
Rosas lo designó Comandante Militar del Oeste; amparó al general Peñaloza – su adversario y amigo - cuando éste volvió al paÃs, en 1845; gobernó respetando la división de los poderes y con hombres que no pertenecÃan al partido federal (Amán Rawson, Timoteo Maradona, Saturnino M. Laspiur, Saturnino de la Precilla); apoyó la educación y defendió la producción y el comercio de San Juan.
Después de Caseros cooperó con Urquiza y fue de los firmantes del Acuerdo de San Nicolás. Fue reelegido gobernador el 23 de mayo de 1851 y renunció el 31 de enero de 1855, dado que, por ley de ese mismo año, no podÃa ser reelecto. En consecuencia apoyó la candidatura de Manuel José Gómez, respetado vecino quedando BenavÃdez con la comandancia del ejército.
Su ministro liberal Saturnino Laspiur, apoyado a través de Sarmiento por los liberales de Buenos Aires, derroca al gobernador Gómez y encarcela a Benavidez. “La Tribuna†y “El Nacional†(redactado por Sarmiento) instigan la eliminación del “tirano†y en la noche del 22 al 23 de octubre de 1858 es asesinado en la cárcel.
La crónica de BenjamÃn Victorica da cuenta que “El general Benavidez medio muerto fue enseguida arrastrado con sus grillos y casi desnudo precipitado desde los altos del Cabildo a la balaustrada de la plaza donde algunos oficiales se complacieron en teñir sus espadas con su sangre atravesando repetidas veces el cadáver, profanándolo, hasta escupirle y pisotearloâ€. Sarmiento dirá “es acción santa sobre un notorio malvado. ¡Dios sea loado!†(El Nacional, 23/10/1858).
Estaba casado con doña Telésfora Borrego.
El asesinato de Benavides, indefenso y engrillado, fue sin duda un acto de barbarie. Primero porque fue una muerte anunciada y tratada de impedir desesperadamente por su esposa ante autoridades nacionales y provinciales; y en segundo término porque si alguien fue generoso con sus adversarios, a lo largo de veinte años de ejercer el poder, ese fue BenavÃdez.
. |
|
| Volver arriba |
|
 |
Gil Gerald
Registrado: 19 May 2008 Mensajes: 733
|
Publicado: Dom Ago 24, 2008 1:56 pm Asunto: |
|
|
Interesante testimonio que plasmó sobre el caudillo federal sanjuanino mi estimado forista y amigo HT. Quiero agregar, si Ud., no vio la pelÃcula "La Difunta Correa" realizada en el año 1.975 por la hermosa actriz sanjuanina Campbell, haciendo el papel de Deolinda Correa. En la trama, se puede apreciar las guerras civiles argentinas y como el General BenavÃdez tenÃa el concenso de toda la población y estar alineada con aquel entonces Encargado de las Relaciones de la Confederación Argentina, Brigadier General Don Juna Manuel de Rosas. La pelÃcula por casualidad la và en el canal "Volver" y si bien la trama trata sobre la difunta, se observa todo lo que sucedÃa en aquella época.
Algo que querÃa aportar.
Nos vemos.
Res non verba. |
|
| Volver arriba |
|
 |
HT
Registrado: 05 Jul 2008 Mensajes: 176
|
Publicado: Dom Ago 24, 2008 2:16 pm Asunto: |
|
|
Estimado amigo Gil Gerald. No he visto la pelÃcula de la Difunta Correa.
Puedo agregarle un relato que espero le guste:
LA DIFUNTA CORREA
(Por José Ramón Farias)
Se ha tejido una historia, una leyenda, para explicar el origen de esta creencia que convoca anualmente a miles de peregrinos al santuario de la Difunta Correa en el Cementerio Vallecitos en la provincia de San Juan.
Dicen, vivÃa en San Juan un antiguo guerrero de la independencia, que gozaba de prestigio social, a pesar e su humilde condición, de relaciones muy estrechas con el gobernador, junto a su esposa y su única hija llamada Deolinda.
Creció la joven de belleza singular, convirtiéndose en una mujer a la que todos miraban con admiración o codicia.
El jefe de la policÃa local se enamoró de ella, pero no conseguÃa ser correspondido. InsistÃa, pero siempre encontraba la educada negativa a acceder a sus requerimientos. El amor encendió el corazón de Deolinda, y el responsable era un criollito del lugar llamado Baudilio Bustos.
Desoyendo los lances de Rancagua (el jefe de policÃa) se "casa" con su hombre. Allà comienzan las penurias para la familia Correa. Primero, la muerte del gobernador, que pone a su padre en el sitio de "oposición", por lo tanto debe emigrar a La Rioja porque su vida peligraba.
La obstinación de Rancagua, determina que enrole a Baudilio en las montoneras, siendo enviado a pelear en los llanos riojanos. Estoicamente soporta la pobreza, nuestro personaje, sin flaquear desoye las interesantes propuestas de su enamorado. Sólo reza a la Virgen del Valle, mientras crece en su vientre su primer hijo.
Enterada de la prisión de Baudilio, decide viajar al encuentro de su esposo. La inexistencia de caminos, medios de transporte, y sobre todo de recursos, la hace dudar al principio. Pero finalmente emprende el camino, atravesando los cerros desconocidos, solo horadados por los arrieros cuyanos.
Vencida por el cansancio y la sed cae muerta. Tres dÃas después unos arrieros aciertan a pasar por el lugar y encuentran a la desdichada madre sin vida, pero milagrosamente su pequeño hijo vivo, mamando de los húmedos pechos de su madre.
Los paisanos le dan sepultura, dando la noticia de que el niño se habÃa salvado. Enseguida comienzan a visitar el lugar, mÃseros campesinos sanjuaninos, novios desairados, maridos engañados, todos los afligidos asisten erigiendo con el tiempo un santuario.
En la actualidad , una asociación civil sin fines de lucro, dirige el culto, administrando los bienes que dejan los devotos en ofrendas. Además de flores de papel, botellas con agua, placas metálicas con inscripciones de agradecimiento, sus seguidores se desprenden de cosas valiosas para ellos, como televisores, bicicletas, dinero en efectivo, etc.
La festividad de la Difunta Correa, es uno de los mitos populares nacidos espontáneamente, más importantes del interior argentino.
( Ver más Idolos, mitos y leyendas populares en el Indice General "Mitos y Leyendas" )
Fuente: http://www.lagazeta.com.ar/correa.htm
. |
|
| Volver arriba |
|
 |
Gil Gerald
Registrado: 19 May 2008 Mensajes: 733
|
Publicado: Dom Ago 24, 2008 10:16 pm Asunto: |
|
|
Gracias, por la info mi estimado amigo y forista HT. En la pelÃcula que le mencioné, si mal no recuerdo, al esposo de la difunta Correa y al padre de Deolinda, los hacen aparecer como hombres federales y mano derecha del caudillo sanjuanino BenavÃdez. Es más, en la pelÃcula se observa el triunfo de BenavÃdez sobre el General Acha en San Juan, refugiándose ese mÃsero traidor en una iglesia por cobardÃa ante la bravura de las tropas federales.
En fin, nos vemos
Res non verba. |
|
| Volver arriba |
|
 |
|
|
|
|
|
Podés publicar nuevos temas en este foro No podés responder a temas en este foro No podés editar tus mensajes en este foro No podés borrar tus mensajes en este foro No podés votar en encuestas en este foro
|
|
|